domingo, 19 de julio de 2015

“Escribir”



A mis tardes otoñales de  Rufus y chocolate.


La gota marrón y cálida rodó por su barbilla y lo hizo rodeando el pequeño lunar que le acompañaba desde su nacimiento. Sacó la lengua, la alargó hasta llegar a ese preciso lugar. Siempre que se sentía mal iniciaba el mismo ritual, se dirigía a la cocina, cogía la pequeña cacerola, fundía el chocolate en la leche lentamente y sacaba del congelador aquellos churros que le hacían retornar con su olor a la niñez. No sabía muy bien el porqué de aquello ¿Las endorfinas, quizás? A continuación, abría la ventana y escuchaba el sonido del sirtaki que todas las tardes su vecino el griego entonaba repetitivamente. Le oía aquellas palabras rotundas y extrañas que le sonaban a lamentaciones. Esto hacía que el efecto del dulce pecado se le pasara. Cerraba de golpe como siempre, y ponía aquella pose de niña mimosa cuando rompía su juguete nuevo. Volvía a las sombras de su piso y recordaba el origen de su desazón, Manuel.
Habían pasado tres meses desde que se vieron por última vez y tuvieron aquella extraña conversación. Fue cuando le dijo que se iba al extranjero y ella se sintió como en la película “Tú a California y yo a Boston”. ¡Pero si éramos almas gemelas! Desde entonces, todas las tardes mojaba su pena en el tazón que se ponía delante de los ojos. Le había sugerido que dedicara el tiempo en el que no iba a estar a retomar sus estudios. Nunca es tarde para hacerlo, le dijo mirándola con alegría. Ella deslizó una lágrima en su interior y se sumergió en jardines grises y desde entonces habitaba en ellos. Aunque en alguna ocasión había pensado en ser una princesa rebelde, pero esto le duraba poco. Y así y así llevaba aquellas doce semanas. Se negaba a actuar como una consorte.
Fue en aquella época en la que decidió viajar a través del universo. Comenzó a escribir algunas líneas en un papel y en un momento no pudo parar. Continuó y continuó. Cuando se vino a dar cuenta, había anochecido y amanecido. Se sentía mejor y decidió ir a la ciudad. Ya casi no recordaba las calles ni las tiendas ¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Es tan fácil perder la noción del tiempo! Observó su alrededor como si fuera la primera vez, detuvo el coche en la calle principal cerca de unos almacenes en los que se podía encontrar de todo. Entró en ellos sin tener ni idea de qué era lo que buscaba. Encontró carteles de vivos colores que expresaban de las maneras más variadas qué día era, April fools. No pudo evitar sonreír, una verdadera inocentada era lo que le había ocurrido. Avanzó hacia el departamento de papelería, no sabía muy bien qué era lo que buscaba. Miró las estanterías con detenimiento, paquetes de folios de diversas texturas y colores, bolígrafos corrientes y estilográficas aristocráticas…Y allí estaba un bloc de cubiertas con dibujos selváticos. Fue amor a primera vista, no lo pensó dos veces y acarició sus tapas, instintivamente cogió también una de aquellas plumas, dos paquetes de cigarrillos y una tableta de chocolate con leche.

                                                 

martes, 23 de junio de 2015

El intocable



Últimamente se levantaba todas las mañanas de mal humor. No sabía muy bien por qué, solo sentía que cuanto más seguro de sí mismo estaba, peor lo pasaba ¿Acaso ese era el tributo que había que pagar? Siempre pensó que subir en el escalafón no tenía más que ventajas. Muchas veces había soñado con estar allí, justo donde ahora se encontraba. Desde muy niño se había prometido llegar a ser como D. Benigno, aquel hombre que lo atemorizaba tan solo con una mirada. Sí, llegaría a ocupar el lugar opuesto, aquél en el que sería él quien con solo girar la cabeza haría temblar a cualquier ser humano que se cruzase en su camino.
Sin embargo, algo le impedía saborear el triunfo, el suyo. Llevaba solo un par de años en el lugar que ahora ocupaba. Al principio, sintió con gusto la ira ¡Era fuerte! Y eso estaba bien. Pese a todo, aquello le había costado una úlcera de estómago y devoraba omeoprazol a todas horas. ¿Qué parte del plan fallaba?
Eso fue al principio, ahora hasta su rostro parecía sereno. Solo en algunas ocasiones asomaban a sus pupilas los destellos del enojo. Era una cuestión de puro dominio mental. Actualmente, había llegado más allá, estaba en una fase de desdén a todo y hacia todos. Se sentía pletórico. Había incluso, superado al modelo de su niñez. Miraba con condescendencia a los demás, incluso los ayudaba siempre que la situación fuese propicia. Llegados a este punto podía suponer que su plan había sido perfecto.

Levantó la copa y brindó con todos los presentes, los miró uno a uno desde su posición y les sonrió bonachonamente. -¡Salud!- sonrió hacia dentro y se sentó de nuevo. Las encuestas esta vez habían acertado. A partir de mañana dejaría de ser el eterno candidato. Lo había conseguido.

martes, 9 de junio de 2015

Porque no quiero perder todos los días…



Tengo los ojos vendados
 y no soy justiciera.
Miro mi entorno
y mi sonrisa se quiebra.
Y recaigo,
y me levanto…
Y otro día el mismo ritual.
Y me rompo y me recompongo.
Armo de nuevo el puzzle,
y me echo las cartas
y juego a que gano.
Tiro el vestido gris sobre la cama,
cojo las sandalias,
piso los girasoles

y vuelo…

domingo, 10 de mayo de 2015

Sublime decisión


Pepi camina dando pequeños saltitos. A veces me pregunto si tan solo al poner el primer pie al bajar de la cama, ya lo hace de esa forma. Me recuerda a mi caniche, un pequeño cachorro juguetón que me babea la cara al despertar. Esta mañana, sin embargo me ha mirado con aire mimoso y frunciendo su naricilla se ha lamentado de su mala suerte ¿Cómo es posible?, pensé. Si ella es quien me levanta el ánimo tan solo con mirarla. Y es que ella es especial. “Estoy fatal” me dice apretando su boquita en forma de corazón. A mí me ha dejado desconcertado. He enarcado las cejas y cuando me he dispuesto a abrir la boca, ella me la ha tapado con su índice estilizado y su uña de coral “¡Ay, cariño! ¿Cómo lo haré? ¡No puedo con tanto trabajo!” No he entendido nada, Pepi no tiene grandes responsabilidades y se muestra eficiente en todo momento. Me mantengo en mi postura de asombro. Aletea sus pestañas lentamente y suspira: “¿El rojo o el verde? ¡No puedo con esto!” Me enseña dos cuadernos con tapas diferentes y sus ojos verdes me miran suplicantes. Intento no poner cara de ¿Y eso es todo? No quisiera ofenderla. “Creo que el rojo es el mejor”, no sé ni por qué le he dicho eso. Ella relaja sus facciones y me estampa un beso en la mejilla. “Gracias”, lo dice mostrando su blanquísima sonrisa y se va por donde ha venido. Me consuelo mirando su trasero respingón y me hundo de nuevo en mis cuentas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Quiero...




Quiero ser una bruja,
jugar…, y ser especialista
en el arte del “birli birloque”
Y decir “nada por aquí, nada por allá…”
Cerrar los ojos,
volverme de piedra,
fingir ser estatua,
hundirme en la arena…
Quiero ser opaca,
y que mis ojos no hablen.
Ser la reina del disimulo,
blindar mi alma
y que todo transcurra…


viernes, 3 de abril de 2015

El sueño


  Se notaba que la primavera estaba cerca, las gentes paseaban por la calle con caras de sueño. Se cruzaban por las aceras despeinadas y entre bostezo y bostezo, también se apreciaban  ojos enrojecidos y narices coloradas. Al trasluz de los debutantes rayos de sol, se percibían  las pequeñas partículas de polen responsables de tanta desidia. Los conductores andaban más despistados que nunca. Frenazos repentinos, conatos de atropello en los diferentes pasos de peatones que cruzaban la rambla...

   Mi caso no era distinto, andaba embebido en mis pensamientos, no dejaba de darle vueltas al  extraño sueño  con el que me había levantado. No lo recordaba bien, pero sí sabía que tenía qué ver con algo relacionado con el “to be or not to be”. Llevaba muchísimo tiempo sin recordar ninguno de los que sin duda me rondarían en la noche. Aquello todavía hacía que me preocupara más. ¿Qué tendría de especial el de hoy? Pero no lograba recordarlo, tan solo veía levemente en mi pensamiento una urna semejante a las utilizadas en las elecciones. De nuevo, la misma idea: “Sí o No”.

   Sentí un ligero dolor en la nuca. Alrededor, la naturaleza había reverdecido. Los árboles que se alineaban en la acera habían adquirido una frondosidad que se me había escapado ¿Cómo no lo había notado? ¿Tan importante era esa idea desconocida que me rondaba por la cabeza? Respiré profundamente e intenté luchar contra aquel pensamiento que casi se estaba convirtiendo en obsesión.

    El semáforo se había puesto en verde. Me dejé llevar por la marea peatonal y casi si saber cómo estaba delante del taller en el que trabajaba. introduje la llave en la cerradura, levanté la verja y al entrar pisé una carta. Tenía pinta de ser algo oficial. Aquello borró repentinamente todo lo que me estaba preocupando. Recordé inmediatamente cuál podría ser el motivo. Mi socia hacía unos meses que me había propuesto dar un nuevo enfoque al negocio, se había empeñado en que las joyas que elaborábamos estaban pasadas de moda. Sin embargo, yo consideraba que seguían siendo vendibles ¿Hay algo más hermoso que una línea clásica que sobrevive al transcurso del tiempo? Mi amiga, sin duda era una bromista, había decidido comunicarme su decisión con una nota introducida en esos sobres donde solo vienen malas noticias. “Luis, lo siento. No logramos ponernos de acuerdo. Creo que lo mejor es que te quedes con el taller. Ya arreglaremos cuentas”. Eso era todo. Miré alrededor, el local me pareció enorme y las estanterías, las cajas y hasta las herramientas se multiplicaron. ¿Y qué hago ahora con todo esto? La chispa se encendió en mi cabeza. Sí o No. Allí estaba de nuevo el dilema ¿Con qué era eso? Me invadió una mezcla de alivio y desencanto. Todo había acabado. Una mañana en la que me había levantado con algo diferente en mi vida, se había convertido en algo tan anodino como una ruptura más.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La prueba



Y entonces lo miró con aire circunspecto. Lo volteó concienzudamente, calibró su peso y medida. Meditó de nuevo unos instantes, consultó a sus compañeros más cercanos. Trató de entender sus gestos. Cerró los ojos, habló para sí mismo y volvió de nuevo a mirarlo. Su cara se tornó oscura, frunció el gesto y se perdió.
Comenzó a sacudir los brazos, se frotó la frente, chasqueó los dedos. Observó la herramienta, la mordisqueó comprobando su dureza y  se rascó con ella la oreja.
Lanzó una sonrisa cómplice al de al lado, miró hacia el suelo y contó mentalmente los granitos de las baldosas del piso.

Al fin se cruzó de brazos, recostó su cabeza y se rindió.