viernes, 6 de mayo de 2016

Cuando llega el buen tiempo...



Cuando llega buen tiempo me transporto al pasado más lejano, escudriño en las profundidades de la memoria y esta siempre reaparece con los calores del verano, el sol tórrido y la sombra rojiza de las piedras sobre el camino. La luz lo inunda todo, me encandila y hasta me ciega. Al mismo tiempo, vislumbro el oasis de frescura de las helechas de medio metro y el canturreo del agua por las atarjeas que llegan rápidas hasta la tanqueta rebosante de musgo. Veo mis pies pequeños que juegan a sentir el frío helado, chapoteo frenéticamente hasta sentir mi ropa mojada. De manera furtiva, me pongo en pie y me tambaleo retadora al empuje del agua. Ganada la batalla, el recuerdo pasa ahora de un salto, como si de una toma cinematográfica se tratara, a otra imagen y descubro el colorido de la enredadera profusa de flores anaranjadas que se mezclan con las parchitas.
Las dalias se desmelenan decaídas sobre las viejas sogas del columpio, me subo y me impulso, con los pies muy juntos, los pongo rígidos y los extiendo. Con la punta de estos toco el azul del mar en el horizonte. Recuerdo seguir los caminos de las corrientes que me transportaban a mundos lejanos y fantásticos, lugares donde se podía seguir la espuma de los delfines que pasaban muy cerquita de la costa y donde alguna sirena llamada Lorelei embrujaba a los marinos descuidados.
Cuento las papayas perfectas y redonditas. Están muy altas y no llego a ellas. Me llega el olor a guayaba y canela que se cuece en la cocina a través de la ventana semioculta por la persiana de madera. Sigo descalza y correteo por el tendido fresco de cemento mientras alineo las semillas de las santateresitas dándoles formas caprichosas que me inspiran mundos fantásticos, caminos a lugares mágicos como en el cuento de Oz.

Sí, cuando llega el buen tiempo recupero el paraíso perdido de la niñez...

sábado, 9 de abril de 2016

"Sin rumbo"




Rosa de los vientos,
mientras te deshojas
pierdes el rumbo,
el norte y la idea.
Caos de rombos desiguales
me atrapas,

me encierras.

sábado, 2 de abril de 2016

Diario de un Asperger II



En el Día del Autismo.



A veces, cuando estoy relajado y es el tiempo del descanso, me gusta tararear canciones. Primero pienso en la número 15, sí esa que justo repite la misma nota cada 20 segundos. Esa es mi favorita. Me gusta sobre todo porque dice "Yeahh" y el ritmo se mete en mi cerebro en el momento ideal. Luego, paso rápidamente a la 36. Imagino la sucesión de acordes y me siento feliz ¿Feliz o alegre? ¿O será satisfecho? ¿Acaso es tranquilo? Siempre me hago un lío... Mi madre me dice que mire las caras, que observe detenidamente cómo abren la boca cuando pasa algo bueno. En ocasiones, es solo un poco y en otras, se ven todos los dientes. Eso significa estar feliz del todo y abrirla solo un poco, satisfecho o contento.

Tengo mucha suerte. No entiendo a la gente que dice que eso de hacer amigos es difícil. Siempre que me subo al tranvía me encuentro con personas agradables y yo les sonrío porque sé que la próxima vez que los encuentre ya serán mis amigos. Al principio, estaba preocupado con esto de irme a estudiar a la universidad. Pero no por las clases porque soy muy buen estudiante, sino por el colegio mayor ¿Qué horario sería el de las comidas? ¿El desayuno sería a las 7 y 23? Siempre lo hago a esa hora porque he calculado que tengo 38 minutos para llegar a las clases con tiempo.


No ha habido problema. El horario siempre se cumple a la perfección. Ahora cuando llego al aula, puedo sentarme en mi sitio en la primera fila y ya todos me conocen. Cuando hay mucho silencio en las clases y mi compañera de la fila tres estornuda, el estómago me hace cosquillas que me llegan hasta el cuello. No sé muy bien por qué, pero cuando oigo ese "Achissssss" tan agudo no puedo dejar de reír. Entonces me acuerdo de mi madre y ya no sé qué pensar...¿Estoy feliz, contento o satisfecho?

miércoles, 9 de marzo de 2016

Diario de un Asperger



 Aquella mañana había llegado a mi objetivo, estaba a punto de logar mi sueño. Me levanté a la misma hora como era habitual en mí. Siempre me ha puesto muy nervioso cambiar mis rutinas. Coloqué la taza a la misma distancia de la cucharilla, exactamente cuatro centímetros. El cuchillo con el filo hacía esta y la servilleta de papel sirviendo cuidadosamente de lecho de ambos cubiertos. Mi madre había salido hacía rato a su trabajo.

El autobús solía detenerse en la parada quince minutos después de que cerrara la puerta de mi casa y de que mi hermano caminara a grandes zancadas, diez metros delante de mí. Nunca me esperaba para ir a su lado y apenas nos dirigíamos la palabra durante el trayecto. Yo lo prefería así, pues debía de concentrarme en refrescar mentalmente todo lo que había estudiado durante los días anteriores. Estaba exultante a pesar de todo. Al contrario que mis compañeros que se mordían las uñas y presentaban rostros de preocupación, yo era feliz y estaba deseoso de enfrentarme al temido examen que suponía el pasaporte a la universidad.

Llegué al lugar de la prueba, oí mi nombre y subí las escaleras con decisión. Miré al examinador directamente a los ojos tratando de averiguar qué pensaría de mí y de mi sonrisa. Mis miembros se pusieron rígidos, casi con la intención de un saludo miliar. Apenas levantó los ojos de la lista que mantenía en sus manos y me indicó con un ligero movimiento de cabeza la dirección que debía tomar. Entré en el aula y me senté. Había llegado la hora. Leí con avidez las preguntas y comencé a escribir. Lo hacía mecánicamente, casi sin pensar. El tiempo pasó deprisa y a mi lado alguien me instaba a entregar mis folios. Levanté la cabeza y de nuevo, sonreí. Estaba solo, todos habían acabado antes que yo. Pregunté acerca de los resultados y me pidieron paciencia.

Al cabo de un par de semanas, encendí el ordenador con el ánimo de comprobar los resultados, no entendía por qué durante ese tiempo en los “chats” que compartía con mis amigos no se hablaba de otra cosa que no fuera notas de corte, nervios,...¿Por qué tanto desasosiego? ¿No habían estudiado? Tecleé mi contraseña y allí estaba: Apto. Me levanté y fui derecho a la cocina donde mi madre preparaba la comida. Pensé en la cara que tenía que poner en esas circunstancias, intenté recordar qué gesto sería el adecuado en esta situación. ¿Euforia, alegría, entusiasmo? Me decidí por la de euforia. Sí, esa era.
No hizo falta nada más.



miércoles, 3 de febrero de 2016

“Exilio”



Pulsando el Barroco que es palpar, tocar un instrumento que es también el latir.

Soy un exiliado, sí lo soy.
Atrás quedó el trivio.
Odio la alegría que ya no siento.
Algunos murieron 
y otros se marcharon por rumbos distintos.
Sí, soy un exiliado.
Me fui a otros mundos,
a aquellos que comprendo.
Dejé por el camino esfuerzos,
sentidos y sentimientos.
Lo hago sin remordimientos ni lamentos.
Sí, soy un exiliado
y en mi exilio
me siento de Ilión,

jamelgo.

sábado, 16 de enero de 2016

"Declive"



 Cuando se miró en el espejo lo comprendió ¿Por qué últimamente se sentía invisible? Llevaba tiempo temiendo hacerse esa pregunta, aunque hacía bastante que la idea le rondaba por la cabeza. Cuando se hizo ese planteamiento había decidido hacer “voto de silencio”, quería comprobar si eran imaginaciones suyas o es que ya su opinión no le importaba a nadie. Llegaba silenciosamente y lo hacía más temprano que de costumbre, pero nadie parecía notarlo. Hacía un comentario banal sobre el tiempo y todos lo miraban sonrientes y complacientes, pero eso era todo.
Llegó incluso a pensar que aquél ya no era su mundo y que quizás las reglas del juego habían cambiado y que alguien había olvidado comunicárselo. Sí, seguro que era eso. Sin embargo aquella mañana cuando miró la cara que lo observaba, notó en qué habían cambiado las cosas. Los ojos que le miraban habían perdido su brillo y estaban ojerosos, además unas incipientes “patas de gallo” los rodeaban. En la cabeza, el pelo había empezado a escasear y se había vuelto gris. Le había costado tanto llegar hasta aquí que no lograba comprender qué parte del plan había fallado. Tantos años de esfuerzo para al final convertirse en un elemento más del mobiliario.
Recordó aquellos años en los que miraba con condescendencia a sus mayores, aquellos de los que respetuosamente escuchaba sus vivencias y reflexiones.
Se enteraba de todos los cambios unos días después de suceder estos y la cuestión le hacía sentirse solo y lo que es peor, prescindible. Siguió rasurando su cara de manera mecánica, estiraba la piel y ya ni siquiera percibía su imagen en el espejo. La vista y el pensamiento seguían perdidos en oscuras conspiraciones. Terminó, cogió su chaqueta y salió a la calle.

Enero no refrescaba su cara, hasta el calendario le había dado la espalda ¿Qué demonios estaba sucediendo? El sonido del “regueton” le golpeó. Un coche arrancó aceleradamente después de un brusco frenazo y un muchacho de gorra ladeada le espetó: “¡Abuelo, hay que mirar al cruzar!”.  

domingo, 8 de noviembre de 2015

"La piedra"




Miro a la piedra,
directa,
a los ojos,
¿cuánto hace que estás ahí?
Le doy un puntapié,
la aparto.
Prosigo y me vuelvo,
me mira y la entiendo.

Eres dura, lo sé.