miércoles, 3 de febrero de 2016

“Exilio”



Pulsando el Barroco que es palpar, tocar un instrumento que es también el latir.

Soy un exiliado, sí lo soy.
Atrás quedó el trivio.
Odio la alegría que ya no siento.
Algunos murieron 
y otros se marcharon por rumbos distintos.
Sí, soy un exiliado.
Me fui a otros mundos,
a aquellos que comprendo.
Dejé por el camino esfuerzos,
sentidos y sentimientos.
Lo hago sin remordimientos ni lamentos.
Sí, soy un exiliado
y en mi exilio
me siento de Ilión,

jamelgo.

sábado, 16 de enero de 2016

"Declive"



 Cuando se miró en el espejo lo comprendió ¿Por qué últimamente se sentía invisible? Llevaba tiempo temiendo hacerse esa pregunta, aunque hacía bastante que la idea le rondaba por la cabeza. Cuando se hizo ese planteamiento había decidido hacer “voto de silencio”, quería comprobar si eran imaginaciones suyas o es que ya su opinión no le importaba a nadie. Llegaba silenciosamente y lo hacía más temprano que de costumbre, pero nadie parecía notarlo. Hacía un comentario banal sobre el tiempo y todos lo miraban sonrientes y complacientes, pero eso era todo.
Llegó incluso a pensar que aquél ya no era su mundo y que quizás las reglas del juego habían cambiado y que alguien había olvidado comunicárselo. Sí, seguro que era eso. Sin embargo aquella mañana cuando miró la cara que lo observaba, notó en qué habían cambiado las cosas. Los ojos que le miraban habían perdido su brillo y estaban ojerosos, además unas incipientes “patas de gallo” los rodeaban. En la cabeza, el pelo había empezado a escasear y se había vuelto gris. Le había costado tanto llegar hasta aquí que no lograba comprender qué parte del plan había fallado. Tantos años de esfuerzo para al final convertirse en un elemento más del mobiliario.
Recordó aquellos años en los que miraba con condescendencia a sus mayores, aquellos de los que respetuosamente escuchaba sus vivencias y reflexiones.
Se enteraba de todos los cambios unos días después de suceder estos y la cuestión le hacía sentirse solo y lo que es peor, prescindible. Siguió rasurando su cara de manera mecánica, estiraba la piel y ya ni siquiera percibía su imagen en el espejo. La vista y el pensamiento seguían perdidos en oscuras conspiraciones. Terminó, cogió su chaqueta y salió a la calle.

Enero no refrescaba su cara, hasta el calendario le había dado la espalda ¿Qué demonios estaba sucediendo? El sonido del “regueton” le golpeó. Un coche arrancó aceleradamente después de un brusco frenazo y un muchacho de gorra ladeada le espetó: “¡Abuelo, hay que mirar al cruzar!”.  

domingo, 8 de noviembre de 2015

"La piedra"




Miro a la piedra,
directa,
a los ojos,
¿cuánto hace que estás ahí?
Le doy un puntapié,
la aparto.
Prosigo y me vuelvo,
me mira y la entiendo.

Eres dura, lo sé.

viernes, 2 de octubre de 2015

Parábola de una taxonomía extinta



En el bosque se mueve toda clase de insectos, desde los más laboriosos, leáse las abejas obreras, hasta aquellos que disfrutan de la "dolce vita". Si el observador se detiene verá como no es "oro todo lo que reluce". En ocasiones, el naturalista se sorprende ante sus propios descubrimientos que hacen que todo lo aprendido en sus largas tardes de invierno deje de serle útil. Cuando llega la primavera y se desplaza hacia el campo, todas sus teorías se vienen abajo.
La abeja obrera se desplaza de manera frenética alrededor del panal, realiza los movimientos aprendidos genéticamente y que dan la pista a sus compañeras de dónde encontrar el más jugoso polen objeto de su deseo. Una determinada pirueta indica si se encuentra hacia la derecha o hacia la izquierda y así se ha hecho desde siempre. Sin embargo, algo ha cambiado. Si observamos detenidamente, la obrera solo ejecuta su danza cuando la abeja reina anda cerca. Cuando esta se aleja, se transforma en cigarra. En un momento ocurre la antinatural metamorfosis. Los élitros se alargan y el polen le produce asco, y sin saber cómo, la savia se le muestra apetitosa. Entra en una natural desidia que le lleva a emitir sonidos en los días calurosos.
En el bosque, está claro que nada es lo que parece. Las cigarras han adquirido con el tiempo gran vellosidad. Esto ha hecho que la carga electrostática de su cuerpo sea cada día mayor y por increíble que parezca, ha logrado que el polen de las flores circundantes se haya adherido a su cuerpo produciéndoles sobrepeso y con ello, la necesidad de moverse más de lo habitual en ellas.

El naturalista se pregunta, ¿qué ha pasado con las reglas de la taxonomía? Tantos años de estudio para que nada sea lo que parece.

sábado, 29 de agosto de 2015

El pendolista



Había pasado mucho tiempo desde la última vez. Los trazos se deslizaban en el papel deteniéndose solo ante las irregularidades que en forma de pequeños nudos interrumpían aquel baile de tinta. Desde pequeño, solía morderse la lengua en un rictus de concentración. Su mente volaba y se imaginaba la cara de aquel que recibiría la misiva. De generación en generación se había transmitido aquel arte, hoy casi extinto. No recordaba el día en que todo aquello empezó. Su abuelo le había cogido la mano en sus primeras veces con firmeza, le mostraba el camino en aquel inmenso lago color marfil por el que tenía que trazar aquellas líneas que de manera mágica hacían surgir maravillosas figuras. Le había explicado que aquellos signos formarían diferentes y caprichosas cadenas que proporcionarían al que lograra descifrarlas el descubrimiento de mundos lejanos, ideas sublimes y hasta mensajes de amor.
El niño no lograba entender aquello, solo seguía embobado mirando la pluma y aquellos trazos indescifrables para él. Todavía aquello del amor le quedaba lejos.
Y fueron pasando los días, los meses y los años desde aquellas tardes en que fantaseaba con las líneas de tinta. Se había convertido en un hombre y  ya ni siquiera recordaba que se podía escribir con pluma. Llevaba años con la misma rutina, solía coger la bicicleta para dirigirse a su trabajo en una pequeña oficina. Allí encendía el ordenador mientras se quitaba los guantes y repasaba distraído delante de la pantalla, las líneas del periódico en busca de los gazapos del día. Aquello se había convertido en algo monótono. Las mismas erratas, las mismas tildes en “vio, dio y fue” y casi nunca encontraba errores que le supusieran un desafío. Cuando comenzó a trabajar, se sentía entusiasmado corrigiendo los errores de los demás, cada día había algo nuevo que descubrir. Sin embargo, hacía tiempo que no encontraba nuevos retos.
Miró casi de reojo el aparato cuando dejaba su abrigo en el respaldo de la silla y allí estaba. Se le mostró en letras grandes y en negrita formando parte de un titular: PENDOLISTA. No lograba entender aquella oración: “Desaparece el último pendolista”. Estaba seguro de que allí había una incorrección. ¿Qué es un pendolista? ¿Alguien que repara los péndulos de un reloj o algo así? El pequeño artículo, casi una simple reseña, continuaba con poca información. Solo una referencia a la edad del fallecido y al lugar del funeral. Continuó con dudas y decidió hurgar en Internet, tecleó la palabra y allí apareció en la primera entrada: “Persona que escribe con muy buena letra”. Dio un respingo y sintió la sensación de caer en un pozo que lo trasladaba al pasado, volvió a escuchar la voz de aquel que tantas veces le insistió en la importancia de las letras y sobre todo, de las palabras. Recordó la cajita de madera que este le había regalado y que guardaba en alguna parte. Abrió con prisas las gavetas de su escritorio, rebuscó atropelladamente en la primera, en la segunda y en la tercera…Y allí estaba. En su tapa se leía, “Péndula Copperplate”. La abrió despacio y con la sensación de estar renovando viejos votos. La vieja estilográfica que había olvidado se le mostró tal como era, antigua y elegante. La cogió con delicadeza, la miró como quién lo hace por primera vez, volvió a deslizar su punta en la página en blanco. La tinta no se había secado y sintió de nuevo la maravillosa sensación. Ese fue el instante en que aquel titular dejó de tener sentido. 

domingo, 19 de julio de 2015

“Escribir”



A mis tardes otoñales de  Rufus y chocolate.


La gota marrón y cálida rodó por su barbilla y lo hizo rodeando el pequeño lunar que le acompañaba desde su nacimiento. Sacó la lengua, la alargó hasta llegar a ese preciso lugar. Siempre que se sentía mal iniciaba el mismo ritual, se dirigía a la cocina, cogía la pequeña cacerola, fundía el chocolate en la leche lentamente y sacaba del congelador aquellos churros que le hacían retornar con su olor a la niñez. No sabía muy bien el porqué de aquello ¿Las endorfinas, quizás? A continuación, abría la ventana y escuchaba el sonido del sirtaki que todas las tardes su vecino el griego entonaba repetitivamente. Le oía aquellas palabras rotundas y extrañas que le sonaban a lamentaciones. Esto hacía que el efecto del dulce pecado se le pasara. Cerraba de golpe como siempre, y ponía aquella pose de niña mimosa cuando rompía su juguete nuevo. Volvía a las sombras de su piso y recordaba el origen de su desazón, Manuel.
Habían pasado tres meses desde que se vieron por última vez y tuvieron aquella extraña conversación. Fue cuando le dijo que se iba al extranjero y ella se sintió como en la película “Tú a California y yo a Boston”. ¡Pero si éramos almas gemelas! Desde entonces, todas las tardes mojaba su pena en el tazón que se ponía delante de los ojos. Le había sugerido que dedicara el tiempo en el que no iba a estar a retomar sus estudios. Nunca es tarde para hacerlo, le dijo mirándola con alegría. Ella deslizó una lágrima en su interior y se sumergió en jardines grises y desde entonces habitaba en ellos. Aunque en alguna ocasión había pensado en ser una princesa rebelde, pero esto le duraba poco. Y así y así llevaba aquellas doce semanas. Se negaba a actuar como una consorte.
Fue en aquella época en la que decidió viajar a través del universo. Comenzó a escribir algunas líneas en un papel y en un momento no pudo parar. Continuó y continuó. Cuando se vino a dar cuenta, había anochecido y amanecido. Se sentía mejor y decidió ir a la ciudad. Ya casi no recordaba las calles ni las tiendas ¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Es tan fácil perder la noción del tiempo! Observó su alrededor como si fuera la primera vez, detuvo el coche en la calle principal cerca de unos almacenes en los que se podía encontrar de todo. Entró en ellos sin tener ni idea de qué era lo que buscaba. Encontró carteles de vivos colores que expresaban de las maneras más variadas qué día era, April fools. No pudo evitar sonreír, una verdadera inocentada era lo que le había ocurrido. Avanzó hacia el departamento de papelería, no sabía muy bien qué era lo que buscaba. Miró las estanterías con detenimiento, paquetes de folios de diversas texturas y colores, bolígrafos corrientes y estilográficas aristocráticas…Y allí estaba un bloc de cubiertas con dibujos selváticos. Fue amor a primera vista, no lo pensó dos veces y acarició sus tapas, instintivamente cogió también una de aquellas plumas, dos paquetes de cigarrillos y una tableta de chocolate con leche.

                                                 

martes, 23 de junio de 2015

El intocable



Últimamente se levantaba todas las mañanas de mal humor. No sabía muy bien por qué, solo sentía que cuanto más seguro de sí mismo estaba, peor lo pasaba ¿Acaso ese era el tributo que había que pagar? Siempre pensó que subir en el escalafón no tenía más que ventajas. Muchas veces había soñado con estar allí, justo donde ahora se encontraba. Desde muy niño se había prometido llegar a ser como D. Benigno, aquel hombre que lo atemorizaba tan solo con una mirada. Sí, llegaría a ocupar el lugar opuesto, aquél en el que sería él quien con solo girar la cabeza haría temblar a cualquier ser humano que se cruzase en su camino.
Sin embargo, algo le impedía saborear el triunfo, el suyo. Llevaba solo un par de años en el lugar que ahora ocupaba. Al principio, sintió con gusto la ira ¡Era fuerte! Y eso estaba bien. Pese a todo, aquello le había costado una úlcera de estómago y devoraba omeoprazol a todas horas. ¿Qué parte del plan fallaba?
Eso fue al principio, ahora hasta su rostro parecía sereno. Solo en algunas ocasiones asomaban a sus pupilas los destellos del enojo. Era una cuestión de puro dominio mental. Actualmente, había llegado más allá, estaba en una fase de desdén a todo y hacia todos. Se sentía pletórico. Había incluso, superado al modelo de su niñez. Miraba con condescendencia a los demás, incluso los ayudaba siempre que la situación fuese propicia. Llegados a este punto podía suponer que su plan había sido perfecto.

Levantó la copa y brindó con todos los presentes, los miró uno a uno desde su posición y les sonrió bonachonamente. -¡Salud!- sonrió hacia dentro y se sentó de nuevo. Las encuestas esta vez habían acertado. A partir de mañana dejaría de ser el eterno candidato. Lo había conseguido.