martes, 26 de agosto de 2014

El rayo


  La casa estaba en lo alto del principal caserío del pueblo donde se divisaban los campos de viñas que desde siglos allí se cultivaban. Nadie sabía quién había llevado la primera cepa, desde siempre habían estado en ese lugar. Los primeros campesinos que llegaron a aquellas lejanas tierras las habían traído como el mayor tesoro que probablemente garantizaría incluso su propia supervivencia, pues a muchos les habían contado que en las nuevas tierras la vid se hacía más vigorosa que en el continente. También se apreciaban higueras achaparradas por la brisa permanente y en las lejanas cumbres de verde intenso, pinos tan antiguos que ya nadie recordaba quién los había plantado. El mar azul e interminable se presentaba a sus pies justo más allá del principal camino por donde los lugareños hacían su recorrido habitual. La casa parecía aislarse de todo aquello y se mostraba altiva desde su atalaya.

  Anita jugaba en el interior del patio rodeada de las más exóticas plantas traídas de la lejana Cuba donde ella había nacido unos pocos años antes de que su padre decidiera regresar al terruño con las manos llenas de dinero amasado con el sudor propio y de sus paisanos. La niña siempre se mostraba ajena en su paraíso a todo lo que le rodeaba. Creció en aquellas circunstancias y fue convirtiéndose en una joven que tocaba el piano y componía versos furtivos. Soñaba con escapar de aquella jaula de cristal y  por un momento se sintió libre el día en que nació el ansiado varón sobre cuyos hombros recaería la responsabilidad de velar por mantener la hacienda e incluso se le exigiría ampliarla.

  Le gustaba rodearse de aquella legión de primas de su misma edad a través de las cuales podía tener contacto con la realidad de aquel pueblo perdido donde la mayoría tenía que deslomarse trabajando la tierra. Hacía tiempo que observaba a través de las celosías de su ventana aquel mundo que le era extraño y se preguntaba por qué le estaba prohibido relacionarse con todo aquel que no fuera de su sangre.

  Eran habituales las reuniones familiares en torno a cualquier acontecimiento, un cumpleaños, un bautizo…Y todas las bodas se celebraran allí con el beneplácito de su dueño, tal vez en el afán de hacer penitencia por sus antiguos pecados. Era el momento de admirar las bellezas que a los ojos de los jornaleros se engrandecían llegando a compararlas con lo más "chic" de la vieja Europa. Los frescos de sus paredes, las bañeras de mármol, el minarete del jardín, el teléfono y todas las últimas novedades y adelantos se podían encontrar en aquella casa tan alejada de la metrópoli.

  Una tarde plácida de finales de septiembre cuando la melancolía se va abriendo paso sobre la alegría del verano, las nubes se deslizan rápidamente y los tornasoles se van transformando en grises presagios. Un sonido enorme estremece la casa y un hilo de fuego recorre todas las habitaciones hasta llegar al grifo de la cocina donde en ese mismo instante Anita se dispone a tomar un vaso de agua…

  Las mil y una maravillas fueron traspasándose de generación en generación a través de los recuerdos de los familiares más humildes que no sin cierta veneración trasmitían sus beldades y engrandecían su leyenda, recordando desde la mirada juvenil aquellas reuniones a las que acudían teniendo que compartir un vestido y calzado adecuado por turnos para poder compartir tanta hermosura.

  Los ojos ancianos me trasmitieron la admiración no sin cierta tristeza por la desaparición de aquel lugar. También me contaron como algún vecino creía ver la figura de una joven en sus ventanas muchos años después cada noviembre. Cuentan que se oía el sonido leve de un piano en las tardes sonrosadas que presagian lluvia.


  La casa fue derruida con el afán de hacer desaparecer todo rastro incluso en la memoria de aquellos que fueron sus dueños y moradores. Con lo que nunca contaron fue con los recuerdos y la trasmisión oral que es lo único que hace que algo trascienda y no  muera.

martes, 1 de julio de 2014

El callejón de Cuba



La cuesta se empina, se alarga y llena de piedras a un mismo tiempo. La maleza casi cierra la vereda. El calor es bochornoso pero los pies suben ligeros y felices. Es la aventura del día y en la cima está el premio. Los vencejos rozan mi cabeza osados y a mis pies, el mar. El mar que es camino hacia el mundo con estelas plateadas que lo surcan. Aparecen las  bandadas de toninas juguetonas, piratas atlánticas retadoras que con contagiosa alegría saltan y muestran la espumosa y brillante huella de su recorrido.
  Caminos que llevan a la América caribeña, a  la otra isla añorada al mismo tiempo lejana y presente. 
   Las abejas zumbonas liban ebrias el néctar de la zarza multicolor que bordea el sendero. El olor siempre me produce el mismo dolor de cabeza, es penetrante y empalagoso, aligero el andar y casi sin respirar eludo la belleza de esa planta para mí maldita.
   Allí está la casa grande. La miro, parece un castillo de almenas rojas y blancas. La verja es seductora e intrigante, la empujo, chirría y al fondo encuentro un canapé incrustado en la pared con una inscripción hecha con mano temblorosa que dice:


“Aquí estuvo quien te está recordando y narrando en este instante…”

miércoles, 28 de mayo de 2014

Guasibrusi


  Guasibrusi había tomado la cuesta Mataviejas para llegar a tiempo a la calle principal. Sus pies descalzos se  frenaban hábilmente por el adoquinado, a pesar de las hierbecillas que crecían entre las piedras. El invierno había sido lluvioso y la exuberancia era notoria. Pensaba mentalmente en su encargo, higos pasados a los que su amo tenía en  mucha estima. Estaba acostumbrado a la curiosidad de los ojos infantiles. En otro tiempo nadie lo miraba, formaba parte del paisaje local, solo a los niños se les escapaba esa familiaridad. Era el último de su estirpe y sin duda, esta se extinguiría una vez fuera a acompañar a su madre en el descanso eterno.


   La campana de la torre de la iglesia repiqueteaba dando muestras de día de precepto. Don José de Guisla no perdonaba ni los días señalados. Sus costumbres eran sagradas y si en el desayuno no degustaba sus frutos secos preferidos  montaba en cólera y esta llegaba muy lejos. Había contribuido en gran manera a la grandeza local, como por ejemplo a mantener el sanatorio de caridad principalmente dedicado a mujeres que por diferentes designios del Altísimo se encontraban desamparadas. Muchas de ellas habían perdido el juicio por diferentes razones, pero sobre todo por tener que haber abandonado a sus hijos recién nacidos en el torno del vecino convento de La Misericordia.


Al esclavo en alguna ocasión se le había pasado por la imaginación acabar con aquella vida, aunque este oscuro pensamiento desaparecía rápidamente de su cabeza pues era de naturaleza noble y dócil.

Se encontró con más transeúntes de los habituales, aceleró el paso pues ya eran cerca de las siete y el amo solía desayunar temprano. Los gallos se oían desde los huertos de las casas solariegas que formaban la columna vertebral de aquella calle. Los campesinos que solían montar sus puestos, hacía tiempo que lo habían hecho - ¡Manzanas de Garafía! ¡Miel de abeja recién bajada de la cumbre! - La cantinela se oía a lo largo de toda  la vía. Guasibrusi se movía nervioso de un lado a otro, observando los diferentes tinglados, pero ni rastro del preciado manjar. Dio mil vueltas, escudriñó cada uno de los ventorrillos pero no vio nada. - ¿Qué le diría al señor de Guisla? - Volvió sobre sus pasos mientras iba ideando cómo librarse del castigo seguro que le esperaba. Abrió el portón lentamente, casi sin respirar. Al llegar a la cocina, Encarnación la cocinera miró sus manos vacías y le inquirió: - ¿Dónde están los higos pasados del señor? - Apenas balbuceó unas palabras entrecortadas: - No, es tiempo. El mar no dejó arribar…

      El sonido del látigo siempre encoge el corazón de aquellos que lo han oído golpear la carne humana, también lo hace el silencio que recorre todas las estancias de la casa.

      En los tejados de Santa Águeda se reciben los débiles rayos del atardecer,  los últimos alientos del astro rey. El viento del norte esta tarde está soplando fuerte y las tejas se desplazan y ruedan. Da la sensación de que ratas y perenquenes se mueven entre ellas. Se dice que el esclavo Guasibrusi anda escapado y  que ha asesinado a su amo con un fragmento de cuchillo oxidado…


   El cercano Jardín de las Monjas es umbrío, oscuro, casi selvático. La hiedra se ha apoderado de sus paredes altas de piedra y los diferentes árboles traídos de las Américas hace muchos años que  imponen su ley en este lugar. El chorrito de la fuente sirve de aguadero para los vecinos.   En sus inmediaciones, un grupo de internas lava su ropa en las piletas del patio, charlan y  canturrean animadas. Se pasan la botella, la agitan, la acarician, la admiran, la enjuagan…Inesperadamente, una de ellas  se rocía el pelo con el líquido que destila. Sus saltos en una danza de alma poseída, la llevan a huir desesperada.  La loca se había lavado el pelo con algo de petróleo que las monjas utilizaban como quitamanchas.

    Catalina pasa de una azotea a otra, las tejas crujen bajo sus pies, da un salto,  se revuelca por la tierra, patalea y se desliza hasta las matas que orillean el jardín, tropieza con algo que se le asemeja a un tronco recio. Unas manos vigorosas le tapan la boca, sus ojos espantados, luchan por no escapar de sus órbitas. Las miradas se cruzan furtivas.

A lo lejos se oyen voces y algunos farolillos se mueven serpenteantes por los alrededores, lo hacen de forma rápida. El señor de Guisla ha movilizado a todos sus sirvientes, buscan por todos los lugares cercanos, recorren los huertos, saltan las tapias, golpean las puertas de las casas colindantes y preguntan a los vecinos si alguien sabe algo sobre el esclavo fugitivo. Al mismo tiempo, en el Convento de Santa Águeda durante el recuento anterior a la cena, ya se ha echado en falta a Catalina. Sus compañeras cuentan a las monjas que el diablo se la ha llevado… - A Catalina se la llevó el maligno, tiró de ella y se la tragó la espesura. -

    Instintivamente se dan la mano y sigilosos se deslizan en la oscuridad. Las almas perdidas se unen en la adversidad. Decididos se dirigen a la calle de La Marina donde la ciudad se hace marinera y artesana. El mar rompe en la orilla arrastrando los cayados y rugiendo con intensidad. Hoy hay suerte, la luna nueva los protege y el sonido de la mar asorda el ruido de sus pasos sobre la playa. Las barquillas de los pescadores descansan en el varadero que hace a la vez de astillero, la estructura de madera es un buen escon dite. Catalina y Guasibrusi respiran agitados, no han dicho una palabra desde que sus miradas se cruzaron en el Jardín de las Monjas.

   A unos pocos metros de la costa, el candil de una nave pone de manifiesto su presencia. Son frecuentes los navíos por aquellas aguas, muchos se acercan a la isla para aprovisionarse de víveres y trasladar pasajeros que regresan desde Amberes antes de emprender la aventura de las Indias.

  Las olas llegan a la orilla, golpean las piedrecillas, juegan con ellas, las arrastran. Piensan en cómo acercarse  al navío que está tan cerca y a la vez, tan lejos. Casi pueden tocar la libertad con las manos. Ninguno de ellos sabe nadar. Quedan pocas horas para el amanecer, no podrán encontrar otra oportunidad mejor. Angustiados por su destino  miran a su alrededor buscando algo a lo que aferrarse, algo que los lleve a la luz salvadora. La luz es intermitente, las olas hacen que aparezca y desaparezca por momentos, oscila como diciendo para ti sí habrá libertad, para ti no la habrá… Una pequeña chalana se encuentra a unos pasos de ellos. Sin mediar palabra, corren hacia ella, la arrastran con dificultad. El casco cruje y por un momento tienen la impresión de que su fragilidad está a punto de llevarlos al desastre. Logran llegar al agua, la empujan y se suben a ella. La oscuridad sigue protegiéndolos. Utilizando las palmas de sus manos como remos, gracias a la calma chicha y a la farola del navío pueden tocar el casco. Saben que a los polizones no se les da ninguna oportunidad, pero el esclavo no tiene nada que perder… Una muerte en tierra o en el mar. Trepan por las jarcias con dificultad. El horizonte empieza a enrojecer, se esconden entre los toneles y sacos de provisiones justo cuando los marineros están levando el ancla.

    El perfil de la isla se muestra todavía oscuro, aunque con tornasoles verdes y de un naranja intenso, se hace más y más pequeño. Las olas baten en el casco.

domingo, 30 de marzo de 2014

Erbania

 

 
 
 
   Al bajarse del avión, se había llevado la primera desilusión. La promesa de unas vacaciones soleadas se disipó al notar el viento frío y el cielo encapotado. Llevaba semanas planificándolo todo, había estudiado minuciosamente el mapa de la isla, el tipo de terreno, la vegetación existente, los sitios a los que acudir. Solo disponía de cuatro días en esa vida frenética que llevaba y que lo hacían desplazarse a lo largo del globo varias veces a la semana. Sin embargo, era de naturaleza optimista y una de sus principales virtudes era su capacidad de adaptación a las circunstancias más inverosímiles: compartir carne de cocodrilo con los caucheros brasileños, degustar escarabajo volador con las tribus ugandesas,…-Tendré que reorganizar mi plan-, se dijo.
   Una vez en el hotel, uno de tantos de una impersonal zona turística, desplegó su material, estudió los utensilios de los que disponía y la estrategia a seguir…La montaña mágica estaba  a pocos kilómetros de allí, de ella se había hablado mucho en los últimos años. La noticia de su posible acondicionamiento para construir en sus faldas un balneario había desatado la polémica entre detractores y defensores del proyecto. Afortunadamente, hacía tiempo que no se hablaba del tema. -He llegado todavía a tiempo-, pensaba mientras ordenaba meticulosamente toda una serie de botes de diferentes tamaños y formas.
  Primero estudiaría el terreno a la luz del día, más tarde cuando el sol hubiera caído y la oscuridad fuera total llevaría a cabo su plan.
   Aquella misma tarde alquiló un todo terreno que le llevaría al lugar exacto.
   La carretera se perdía en el horizonte dando la imagen de una serpiente negra e interminable. Al llegar al emplazamiento buscado, escudriñó los alrededores. Era necesario que, nadie supiera de su estancia allí.
   Un ruido de motor se iba acercando cada vez más, el destartalado vehículo deja una nube de polvo tras de sí.
-¿Anda perdido? Le dice un tipo mal encarado que mordisquea un habano
- No, muchas gracias. ¿Cree usted que lloverá?
El hombre con una mirada irónica –Eso quisiéramos, pero esa breva no caerá hoy. ¡Cuídese, cristiano!
Contrariado, coge la mochila y emprende la escalada. No quería que hubiera testigos de su visita.
    La tarde está declinando, los grises y ocres marcan el paisaje, las piedras crujen bajo sus pies. La montaña es frágil, quebradiza. Las lascas de traquita están por todas partes y sus paredes muestran resquebrajaduras geométricas que parecen haber sido esculpidas  por la mano del hombre. Entre las grietas crece algo de vegetación, en su mayoría se trata de tuneras con enormes púas. Saca el mapa, otea el horizonte y busca el sol adormecido, casi inexistente ya. Hacia el oeste, esa era la dirección correcta, se dice.  Apenas puede ya ver por dónde camina sin la necesidad de luz. Rebusca en la mochila y saca uno de tantos frontales que hacían de ojo artificial en muchas de sus andanzas. Con la imagen de un Polifemo del siglo XXI, varea todo escaso arbusto que encuentra. Los insectos caen atropelladamente en la trampa. El paraguas japonés: ¡Gran invento! Se convierte en el preámbulo de una muerte segura. No está claro si la recolección es exitosa, ya se verá mañana con la luz del día.
   El aire pese a estar en una región subtropical, es realmente gélido. Siente manar la nariz, tirita. Decide regresar de nuevo a la carretera. Las piedras se hacen notar debajo de sus botas, crujen, gritan lastimosamente. - ¡Maldito frío! No aguanto más aquí. Espero que haya caído – murmura consigo mismo castañeteándole los dientes fuera de control.
   La luz de su frontal parece irse debilitando, apenas alcanza un metro cuando en condiciones normales puede abarcar hasta los diez. Algo le roza la cara.- ¡Malditas tuneras!- Se toca la mejilla y sus dedos se manchan de algo de sangre. Aligera los pasos, los fragmentos de la roca van convirtiéndose en piedrecillas. A medida que avanza sobre el terreno, la montaña parece ir deshaciéndose a sus pies. El aire frío se ha transformado en viento. Deben de quedar unos doscientos metros para llegar a la carretera, mientras anda entretenido en estos cálculos, algo parece estar cerca.- ¿Cabras? Es extraño que todavía los pastores no las hayan llevado al redil. Es posible también que sea algún animal asilvestrado por las circunstancias. ¡Cómo empuja este viento!-  Unos ojos lo observan, tienen una mirada de desdén, de reproche al intruso que mancilla un lugar sagrado. Camina con parsimonia, con arrogancia, como aquél que tiene la seguridad de controlar todo el universo… Unos símbolos podomorfos le llaman la atención, son de distinto tamaño, instintivamente los rastrea, lo llevan hacia poniente. Un resbalón y… Los botes se desparraman por una abertura que ha descuidado en la mochila. El tesoro entomológico se pierde y camufla en la tierra, entre las pequeñas grietas de la montaña madre. La oscuridad no da ocasión a recuperarlo.- ¡Me cago en…! La decepción, el enfado no le han  permitido darse cuenta del propio dolor. El tobillo se empieza a hinchar- ¡Aghh! Lo aprieta con la mano con la esperanza de calmar el dolor que siente. Sin saber cómo ya ha llegado al asfalto, al deslizarse ha caído justo al lado del coche. No sabe si lo que le duele más es la extremidad o el haber perdido con seguridad, un descubrimiento importante. Su instinto le decía que la especie era buena, sin duda.  Y era su última oportunidad. Al día siguiente comenzaba el cierre definitivo del acceso, tras numerosos debates se había considerado la necesidad de que la montaña no fuera visitada por nadie, quedaría prohibido la escalada o cualquier actividad en sus laderas. Diversos estudios habían llevado a la conclusión de que el constante trasiego de caminantes y las características de su composición geológica hacían correr el peligro de que se deshiciera en arenisca. Además, existían en ella algunos yacimientos aborígenes que debían de ser preservados. Cojeando, abrió el coche y se sentó. Respiró tranquilo ¿Qué demonios le había ocurrido? ¿En qué momento perdió de vista las huellas horadadas en la roca?
   Desde arriba y pese a la negrura que lo invadía todo, no se había perdido el mínimo detalle de lo ocurrido. El lugar donde se une la tierra y el firmamento por fin estaba seguro. El “Axis Mundi” seguiría en el mismo lugar  donde desde hace milenios estuvo. Madre Tierra había velado por sus hijos y los había recuperado.

miércoles, 12 de marzo de 2014

La luz del cincel sobre la piedra II


Después del esfuerzo mental y físico, limpiaba el sudor que brillaba sobre su torso. Las manos ásperas y resecas palpaban el rostro con delicadeza. Su aspereza contrastaba con la suavidad de las facciones femeninas. La piedra se mostraba fría, sin obstáculos ni estorbos, sin rugosidades que le impidieran notar una textura límpida.

    En la esquina opuesta unos ojos aterrados y escrutadores lo observan mientras piden a gritos que cese la tortura. Ahora, la mujer ha perdido su cabello, su vista, su nariz… ¿Qué será lo próximo? Se pregunta temblando. El ladrón de belleza se acerca de nuevo hacia ella, palpa su pecho, lo estudia, lo memoriza… Ella siente que le arrebata su turbidez, su suavidad…

   De nuevo, un toque, dos, tres,…Una muesca, dos, tres,…                                             

  En la habitación solo se escuchan los pasos ágiles, casi frenéticos de un lado hacia otro. Se convierte en una danza convulsa, casi diabólica. Las pupilas del hacedor centellean implacables, estudian el talle, lo moldean, lo redondean…La aspereza se encuentra de nuevo con la suavidad de  las formas. El placer es intenso…

   En la esquina del terror, el corazón ya casi no palpita. Milo regresa de nuevo. Tantea, escruta, aspira el alma, se impregna de ella. La admira, la valora, la hace suya… Ella pierde su belleza y su luz… Aquella que el cincel sobre la piedra le arrebata para que nazca Venus.

miércoles, 5 de febrero de 2014

La luz del cincel sobre la piedra


El aire de la habitación era denso, plomizo, casi irrespirable… El calor era asfixiante a pesar de ser ya las once de la noche. Una bombilla llena de telarañas colgaba del techo. Estaba encendida, aunque la luz que desprendía se veía mitigada por aquella maraña que la envolvía. Parecía que nadie se hubiera percatado de su existencia. Sin embargo, aquélla era indispensable para el hombre que trabajaba justo debajo de su radio de acción.

    El hombre manifestaba un interés fuera de lo común en lo que hacía. Sus ojos formaban casi una línea recta cuando su concentración era máxima, el entrecejo se arrugaba y las dos cejas se transformaban en una. Al tiempo, mordisqueaba sus labios finos de forma nerviosa. Las gotas de sudor rodaban por sus sienes hasta morir en la negrura de aquella barba rizada igual que su cabello.

    La mujer lo mira hierática. A él la inexpresión de su mirada le preocupa. Por otro lado, admira los rizos en cascada de su melena.

    Los astros le eran favorables, la luna formaba un ángulo perfecto con la constelación de Sagitario, nada podía fallar…

    El cincel se movía, destellaba con la rapidez de un rayo. Un toque, dos, tres…Una muesca, dos, tres...

domingo, 12 de enero de 2014

Manuela, la gorda


    Detrás del muro envejecido y bordeado por una enredadera azul, surge la corona de un tejado añejo y vivido lleno de bejeques que la humedad de la lluvia ha sembrado en complicidad con el transcurrir del tiempo. Del postigo de la cocina sale un canturreo de mujer satisfecha trabajando en la casa.

   Las vecinas ya vienen de regreso de comprar en la venta del pueblo.

 

- ¿Oyes?  ¡Qué felicidad…! –dice la vieja Juanita, secándose la frente con un pañuelo sudoroso y echándose hacia atrás el sombrero de paja que la protege del sol.

 

- Eso es que hubo gallo en el gallinero…-replica Pepa rascándose el bigotillo y quitándose las gruesas gafas empañadas.

 

- ¡Habrá poca vergüenza! Yo no sé como hay hombre que se le arrime. ¡Con lo cochina que es!

 

  Juanita se bambolea de un lado a otro mientras camina tratando de esquivar las piedras que serpentean la vereda, lleva la cántara y un gran cesto con la compra del día.

 

- A los hombres contá de encontrar calorcito les vale todo- replica Pepa que saca del cesto la botella de vino recién comprada y la descorcha con los dientes- ¿Gustas?-dice mostrando su sonrisa mellada.

 

- ¿Yo? ¡Ni loca!

 

  Las dos figuras se alejan renqueantes por el recodo cercano.

 

  Manuela sale de la casa  y llena en el chorro de la pileta un gran barreño de aluminio. El agua suena eufórica y potente. Ella enfundada en una bata floreada que se le ciñe al cuerpo desnudo se apresura en no desperdiciar ni una sola gota del refrescante líquido. Coloca la improvisada bañera en el suelo, se desnuda y se sienta desbordándolo todo con su enorme trasero. Las piernas le cuelgan por fuera. Coge un trozo de jabón azul con el que se restriega levantando los brazos mientras canta a grito pelado “Dos gardenias”.

  Al otro lado del muro, jugueteando por el camino, regresa un  grupo de chiquillos de la escuela. Juanjo el más pequeño y flaco del grupo, se mueve como un cigarrón dando saltitos, buscando la piedra más ligera y de mayor alcance.

 

- Con esta le doy a ese barbolete que ves allí- y la lanza con todas sus fuerzas al muro de la platanera cercana.

 

-¡No le diste!- grita Toño colorado como un pejeperro y con la nariz pecosa llena de gotitas diminutas.

 

-Yo tengo más puntería que ustedes- dice retadora Delia mientras se agacha a coger otra piedra.

  Cuando lo hace observa que a través del muro y por unos pequeños agujeros se percibe movimiento al otro lado de la tapia- ¡Shhh…!- hace señales a sus camaradas para que se acerquen.

  Manuela se solaza en su barreño. Los enormes pechos suben y bajan mientras su potente voz declara-¡Te quiero, te adoro, mi vida…! La pastilla de jabón se desliza entre las piernas.

  Los ojos infantiles descubren atónitos el espectáculo… Juanjo no puede dominarse y grita.

 

- ¡Manuela la gorda cochina! ¡Manuela la gorda cochina!

 

   Los chicos salen corriendo con las maletas en las manos, dejando un reguero de polvo tras ellos. Manuela grita desgañitándose- ¡Hijos de putaaa…!

  Como una tortuga panza arriba intenta levantarse rápidamente pero le es imposible,  su enorme culo encajado en el barreño se lo impide. Enfadada por ver profanado su pequeño paraíso, busca la bata y se la pone mojada y todo. Se alonga por el muro pero ya los pequeños truhanes se han marchado. Tira sobre las piedras los restos del agua jabonosa y arrastrando los pies, entra en la casa.

  Por la tarde, el sol ha perdido su fuerza. Manuela sale al camino con los ojos pintados de azul celeste y una temblorosa raya negra. Su boca roja tiene la forma de un mal dibujado corazón. Lleva a pesar de todo un sombrero y un traje ajustado estampado con rosas. Tiene el pelo corto con un teñido casero de color caoba y los brazos con pulseras que aprietan su carne. Inicia su paseo vespertino de todos los días, es un paseo corto de no más de un kilómetro, sigue siempre la misma dirección y hace las mismas paradas delante de cada casa con jardín que encuentra. Admira las flores, las observa, las estudia e intenta clasificarlas mentalmente.

 

- ¿Son dalias o crisantemos?- se interroga a sí misma mientras alarga el cuello en un vano intento de percibir su olor.

 

- ¡Adiós Manuela!- exclama Benito acercándosele a la oreja, desprendiendo olor a sal y a pescado por todos lados.

 

- ¡Cacho Cabrón qué susto me diste! ¿Ya te recoges tan temprano?

 

- La mar está brava hoy y no pican.

 

-¿No cogiste ni unos chicharritos?

 

-¡Qué va! Ahí llevo un pulpo chico y poco más- se lamenta el anciano salpicado de escamas desde la boina hasta las alpargatas.

 

 -A ver si mañana tienes más suerte, me apetece comer unos chicharritos con mojo de cilantro. Así que ya te hago el encargo.

 

   Benito recoge el balayo hecho con restos de sedal y colmo, y con magnífica destreza encajona la enorme caña bajo el brazo, se aleja cual caballero andante…

   La sombra de Manuela se va estilizando a medida que avanza en su recorrido. En la entrada a la sermentía que da paso a la siguiente casa se detiene como si estuviera ante un altar. Las rosas de los más diversos colores y formas  se suceden, la amarilla, la carmesí,…Las atrae hacia su rostro y aspira el perfume llenando sus pulmones. A través de los visillos se intuye una silueta que la vigila.

-¡No las toques que las secas! ¡Bonita costumbre tienes!-grita enfurecida Argelia con sus ojos azules chispeantes y secándose las manos con un paño de cocina.

 

-¡Yo, ni las toqué!

 

- Ya me secaste la de pitiminí que me la trajo mi yerno de la ciudad y bastante que me costó que pegara para que tú sigas llevándotelas todas ¡Ladrona! ¡Frescona! ¡Lárgate de aquí que no quiero verte el jocico cerca!

 

   Manuela se gira ignorándola y sin mirarla a la cara, inicia el camino de vuelta a su casa como si no fuera con ella.

 

   Las sombras envuelven el recorrido igual que envuelven su ánimo, los gatos negros como la noche que gana terreno al día comienzan su cacería, las corujas buscan sus atalayas y ella acelera el paso.

  A través de la pared, en uno de los pequeños boquetes donde aquella misma tarde asomaba la cabeza de un lagarto tornasolado de azul, los ojos infantiles dejaron de serlo al enfrentarse por primera vez al espectáculo del dolor.

   Manuela abría un papelote menudo con nerviosismo: “Lamentamos comunicarle que su hijo…”