martes, 17 de abril de 2018

" A veces"





Me pides palabras
pero a veces
nada fluye por mis venas.
Tampoco a veces
estoy dispuesta a darlas.
Las quiero mucho
como para liberarlas.
Remolinos de silencio
a veces
me invaden.
Remolinos de hojas
que me trae la brisa a la cara.
Gotas de agua, olas y mar.
Sombras de hormigas 
que a veces
se desplazan por el suelo.
Brujitas deshaciéndose
y a veces,
moras secas.
A las sábanas blancas 
a veces
las mueve el viento,
y se vuelven medusas
que se transforman en
cristales,
en añicos de flores secas.
Entonces,
y solo a veces,
mares de tinta
me invaden.



sábado, 3 de marzo de 2018

Crecer




Cogió el paquete, lo observó y fantaseó acerca de su contenido. Era una mañana de Reyes en que todos habían ido a la casa de los abuelos como era costumbre. Sus hermanas alegres intentaban abrir su regalo, era enorme y en su envoltura se encontraban los nombres de ambas. Era un regalo para compartir.
Ella seguía pensando en qué contendría el suyo, lo volteó varias veces, lo agitó. Parecía un rodillo. Con el rabillo del ojo, seguía mirando como las niñas rasgaban el papel por el que se vislumbraba un color rojo acharolado y muy brillante.
Miró de nuevo lo que tenía entre las manos ¿Sería un emboque o perinola? Algo hacía que no se decidiera a abrirlo. Las niñas daban palmadas de alegría: "¡La cama para las Nancys!" Rompió el papel de color beige con pequeñas margaritas y cogió el cepillo para el pelo. Miró hacia los lados y escrutó con su mirada a los mayores que las rodeaban. Giró el cepillo hacia todos los lados.
Fue justo en ese momento cuando se dio cuenta de que su visión de sí misma no coincidía con la de los demás. Intentó contener sus lágrimas, pero no pudo. Al fin y al cabo, tan solo era una niña de once años.


sábado, 2 de diciembre de 2017

La camisa negra



 Salía mordisqueando un pitillo con parsimonia, odiaba aquella rutina que lo asfixiaba. El mismo recorrido, los mismos coches, incluso diría que hasta las mismas caras de conductores que giraban en la rotonda donde cada mañana y como si fuera una esfinge, se detenía a mirar el horizonte sacrificado por aquellos contenedores abandonados a su suerte en el muelle cercano.
Había elegido este destino, sabía que era el culpable de su soledad. Le gustaba llegar temprano, él era de tierras frías y le parecía un lujo poder salir a las siete de la mañana de un dos de diciembre en mangas de camisa. Eso sí, de color negro.
Se sentía cómodo con su uniforme y eso que detestaba todo lo que fuera igualatorio y anodino, si se marchó de su pueblo fue porque estaba harto de la tierra llana y sin sorpresas en la que vivía. Castilla es una tierra dura, áspera y austera, y fue por eso  por lo que buscó el mar. Odio esos contenedores, se dijo a sí mismo.
Allí está. Los faros se detuvieron a su lado, de un salto se introdujo en el vehículo y masculló un buenos días desabrido. Recibió con el mismo entusiasmo un saludo.
Las luces amarillentas desfilaron una una, iluminándole de vez en cuando la cara y dando a sus canas un aspecto desaliñado. En su recorrido observó la plantación de plátanos y papayas que le ofrecía la primera satisfacción visual. Fue por cosas como estas por las que había elegido este lugar.
El coche aparcó donde siempre, justo al lado de una pared color salmón. La edificación aunque imite la arquitectura local, siempre le había parecido fea. De todos modos era un privilegiado. Había podido poner "tierra de por medio" y con eso le bastaba.
Puso su bolso en el armarito, se atusó el pelo que mojó ligeramente. Se observó en el espejo, colocó el cuello de la camisa en el lugar correcto, comprobó que la tarjeta indicativa de su nombre no tapaba el anagrama de su uniforme: "Paradores Nacionales". Esbozó una sonrisa fingida y se dirigió a la recepción. Todo estaba listo para una nueva función.




viernes, 17 de noviembre de 2017

Lúnulas



 Observo como las manos se mueven semejando hacer malabares y se muestran ágiles, veloces. Dan la sensación de hacerse cada vez más largas. Me parecen que forman parte de un ballet, pero de un ballet contemporáneo, que giran y basculan meciéndose entre sonidos metálicos e incluso eléctricos. Las manos forman parte de un todo, diría que se ajustan a la personalidad del individuo, de su dueño o dueña.
Últimamente admiro la variedad de dedos, largos o cortos, delgados o rechonchos. Pero los que realmente me fascinan son los portadores de lúnulas perfectamente definidas como nacimientos de astros.
Aún recuerdo cuando después de más de treinta años sin ver a mi maestra de octavo, esta cogió mis manos y las examinó minuciosamente. Después de unos breves segundos, me miró y dijo: "Tus manos siguen siendo las mismas". Hasta entonces, jamás me había detenido en ellas y fue cuando por primera vez me di cuenta de que carecían de esas medias lunas que asoman en la mayoría de los dedos y me sentí huérfana de magia.

Desde entonces sigo mirando las manos que danzan a mi alrededor y compruebo como aunque se disfracen de rosa palo o de Mondrian su belleza sigue estando en el interior.

sábado, 4 de noviembre de 2017

De la criptomnesia y otros




 La lágrima cae, poco a poco. Se desliza sobre la mejilla siguiendo una curvatura tenue que traza el pómulo ancho y marcado. Todo ha cambiado, todo ha sido destruido. Medita. La mirada es profundamente triste. Sin embargo, la lágrima se acomoda en mi filtrum. Este la acuna, la mece, la acoge, pero ella resbala. Se acuesta en el acerico de mis labios ¡Cuántos alfileres clavados antaño...! Si los labios se despegaran, se rasgarían manchados. Jugaron a ser agrafes abandonados a su suerte, roídos y acabados.
Hoy, a pesar de todo, el sol ha salido de nuevo como cualquier noviembre húmedo y tranquilo. Me reflejo en el cristal como una sombra opaca, con un dedo dibujo un ampersand juguetón y aristocrático ¿Reminiscencias tal vez de las Brontë o la Austen? Siempre soñé con ser una heroína decimonónica, lánguida y olvidada. Pero no dejé de reivindicar el ápice nacional, la virgulilla que como un cararacolillo en la frente no me permite alejarme de mi realidad.
Afuera, el cacareo y el canto del gallo me devuelven a la tierra polvorienta que nada tienen que ver con las verdes campiñas de la dulce Irlanda. Hoy comeremos sopa de carúnculas, aquella que tan malos presagios trajo a aquel pueblo caribeño y lejano donde la crónica anunció la muerte de la víctima de un pueblo cobarde. Siempre siento náuseas cuando las hiervo, porque me traen olor a un poder podrido y tirano. Cuando mis crenchas mojadas empiezan a gotear, me indican que está en su punto el maldito brebaje y me siento una bruja malvada.
Lo sé, hoy la criptomnesia está haciendo de las suyas y el teclado parece moverse solo. 

sábado, 23 de septiembre de 2017

Ya no tengo ventana



Ni ideas, ni palabras que las enmarquen.
Los sueños se desvanecen...
Igual que las nubes
se perdieron en el horizonte.
Ya no existe el otoño
ni su melancolía,
y ni siquiera el cristal se humedece.
Ya no tengo ventana
que se empañe cuando me acerque.
Ni una solitaria gota

que resbale lentamente...

jueves, 11 de mayo de 2017

¿Y si me visto de dura piedra?




Me envuelvo en un manto de frialdad
y por las rendijas
se me escapa la incandescencia.
La lava se solidifica,
eso dicen las mentes que piensan.
La lluvia cae sobre el alma pétrea
y deja su huella poco a poco,
mansamente.
Y se desgrana en arena,
uno a uno

y desaparece.