Pepi camina dando pequeños saltitos. A veces
me pregunto si tan solo al poner el primer pie al bajar de la cama, ya lo hace
de esa forma. Me recuerda a mi caniche, un pequeño cachorro juguetón que me
babea la cara al despertar. Esta mañana, sin embargo me ha mirado con aire
mimoso y frunciendo su naricilla se ha lamentado de su mala suerte
¿Cómo es posible?, pensé. Si ella es quien me levanta el ánimo tan solo con
mirarla. Y es que ella es especial. “Estoy fatal” me dice apretando su boquita
en forma de corazón. A mí me ha dejado desconcertado. He enarcado las cejas y
cuando me he dispuesto a abrir la boca, ella me la ha tapado con su índice
estilizado y su uña de coral “¡Ay, cariño! ¿Cómo lo haré? ¡No puedo con tanto
trabajo!” No he entendido nada, Pepi no tiene grandes responsabilidades y se
muestra eficiente en todo momento. Me mantengo en mi postura de asombro. Aletea
sus pestañas lentamente y suspira: “¿El rojo o el verde? ¡No puedo con esto!”
Me enseña dos cuadernos con tapas diferentes y sus ojos verdes me miran
suplicantes. Intento no poner cara de ¿Y eso es todo? No quisiera ofenderla.
“Creo que el rojo es el mejor”, no sé ni por qué le he dicho eso. Ella relaja
sus facciones y me estampa un beso en la mejilla. “Gracias”, lo dice mostrando
su blanquísima sonrisa y se va por donde ha venido. Me consuelo mirando su
trasero respingón y me hundo de nuevo en mis cuentas.
domingo, 10 de mayo de 2015
miércoles, 6 de mayo de 2015
Quiero...
Quiero
ser una bruja,
jugar…,
y ser especialista
en el
arte del “birli birloque”
Y decir
“nada por aquí, nada por allá…”
Cerrar
los ojos,
volverme
de piedra,
fingir
ser estatua,
hundirme
en la arena…
Quiero
ser opaca,
y que
mis ojos no hablen.
Ser la
reina del disimulo,
blindar
mi alma
y que todo transcurra…
viernes, 3 de abril de 2015
El sueño
Se notaba que la primavera estaba cerca, las
gentes paseaban por la calle con caras de sueño. Se cruzaban por las aceras
despeinadas y entre bostezo y bostezo, también se apreciaban ojos enrojecidos y narices coloradas. Al
trasluz de los debutantes rayos de sol, se percibían las pequeñas partículas de polen responsables
de tanta desidia. Los conductores andaban más despistados que nunca. Frenazos
repentinos, conatos de atropello en los diferentes pasos de peatones que
cruzaban la rambla...
Mi caso no era distinto, andaba embebido en
mis pensamientos, no dejaba de darle vueltas al
extraño sueño con el que me había
levantado. No lo recordaba bien, pero sí sabía que tenía qué ver con algo
relacionado con el “to be or not to be”. Llevaba muchísimo tiempo sin recordar
ninguno de los que sin duda me rondarían en la noche. Aquello todavía hacía que
me preocupara más. ¿Qué tendría de especial el de hoy? Pero no lograba
recordarlo, tan solo veía levemente en mi pensamiento una urna semejante a las
utilizadas en las elecciones. De nuevo, la misma idea: “Sí o No”.
Sentí
un ligero dolor en la nuca. Alrededor, la naturaleza había reverdecido. Los
árboles que se alineaban en la acera habían adquirido una frondosidad que se me
había escapado ¿Cómo no lo había notado? ¿Tan importante era esa idea
desconocida que me rondaba por la cabeza? Respiré profundamente e intenté
luchar contra aquel pensamiento que casi se estaba convirtiendo en obsesión.
El
semáforo se había puesto en verde. Me dejé llevar por la marea peatonal y casi
si saber cómo estaba delante del taller en el que trabajaba. introduje la llave
en la cerradura, levanté la verja y al entrar pisé una carta. Tenía pinta de
ser algo oficial. Aquello borró repentinamente todo lo que me estaba
preocupando. Recordé inmediatamente cuál podría ser el motivo. Mi socia hacía
unos meses que me había propuesto dar un nuevo enfoque al negocio, se había
empeñado en que las joyas que elaborábamos estaban pasadas de moda. Sin
embargo, yo consideraba que seguían siendo vendibles ¿Hay algo más hermoso que una
línea clásica que sobrevive al transcurso del tiempo? Mi amiga, sin duda era
una bromista, había decidido comunicarme su decisión con una nota
introducida en esos sobres donde solo vienen malas noticias. “Luis, lo siento.
No logramos ponernos de acuerdo. Creo que lo mejor es que te quedes con el
taller. Ya arreglaremos cuentas”. Eso era todo. Miré alrededor, el local me
pareció enorme y las estanterías, las cajas y hasta las herramientas se
multiplicaron. ¿Y qué hago ahora con todo esto? La chispa se encendió en mi
cabeza. Sí o No. Allí estaba de nuevo el dilema ¿Con qué era eso? Me invadió
una mezcla de alivio y desencanto. Todo había acabado. Una mañana en la que me
había levantado con algo diferente en mi vida, se había convertido en algo tan
anodino como una ruptura más.
miércoles, 4 de marzo de 2015
La prueba
Y entonces lo miró con aire circunspecto. Lo
volteó concienzudamente, calibró su peso y medida. Meditó de nuevo unos instantes,
consultó a sus compañeros más cercanos. Trató de entender sus gestos. Cerró los
ojos, habló para sí mismo y volvió de nuevo a mirarlo. Su cara se tornó oscura,
frunció el gesto y se perdió.
Comenzó a sacudir los brazos, se frotó la
frente, chasqueó los dedos. Observó la herramienta, la mordisqueó comprobando
su dureza y se rascó con ella la oreja.
Lanzó una sonrisa cómplice al de al lado, miró
hacia el suelo y contó mentalmente los granitos de las baldosas del piso.
Al fin se cruzó de brazos, recostó su cabeza
y se rindió.
lunes, 2 de febrero de 2015
Sonrisas
Elena tenía aspecto de ir de puntillas por la
vida, odiaba llamar la atención. Por eso en su primer día de trabajo había
decidido ir de negro, también porque la adelgazaba. No quería ser vista como
una intrusa, ni como una más de las típicas “Quítate tú para ponerme yo”. Eso
era algo que odiaba y desgraciadamente abundaba mucho este tipo de personal.
Cuando entró, no quería que se notara que era nueva. Ya lo había vivido muchas
veces para volver a pasar por ello.
Esa mañana no había sido la que esperaba.
Vivía a unos cuantos kilómetros y el coche la había dejado “tirada”, menos mal
que había sido justo en la calle a la que se dirigía. Además, no había pegado
ojo, había vuelto a dormir mal. Subió las escaleras y la primera persona con la
que se encontró trabajaba en su mismo departamento: “Ropa interior para
señora”. Carmen enseguida supo que era “la nueva”. Se mostró amable, pero
apenas le señaló dónde estaba la caja registradora y poco más. Después
desapareció rápidamente y no supo de ella en todo el día.
Ya era casi la hora de apertura al público,
se vio sola y decidió tomar en algo la iniciativa. Vio un maniquí instalado con
muy poca gracia en un lateral y decidió trasladarlo hacia el lado opuesto de la
planta. Las horas transcurrieron rápidas y pronto se llegó al cierre. Pensó que
al menos, no había pasado nada que supusiera un problema. ¡Prueba superada! Y se
dirigió a donde estaba su coche. ¡Vaya! Había olvidado por completo la primera
contrariedad del día ¿Y ahora? Justo detrás Julio, otro compañero de trabajo, estaba abriendo su coche. No se atrevió ni siquiera a dirigirse a
él, apenas habían cruzado un par de miradas y ni siquiera se habían presentado.
-¿Te puedo ayudar?- dijo desplegando su sonrisa de estoy aquí para lo que
necesites…- Creo que es la batería.- ella se sentía muy incómoda, no quería ser
vista como la nueva torpe.- Eso me pasó a mí hace dos meses. No sé cómo las
están fabricando últimamente- le respondió con mirada de me equivoco como tú.
Elena, se sintió algo más aliviada, pero el
problema continuaba estando allí. -¿Sabes de algún taller que no esté cerrado a
estas horas y que quede cerca?- despliegue
de sonrisa soy encantador -No te preocupes, tengo unos cables y te descargas
algo de la mía- ¡Genial!, podría llegar a casa antes de las doce de la noche.
Él se despidió servicial. Ella, cansada.
-¿Qué tal el coche? ¿Te dio problemas?,
sonrisa de buenos días. –No, todo perfecto. Gracias. Tenía sus características
ojeras y la verdad es que no tenía fuerzas para entrar en el juego de la
seducción. Julio se despidió sonriendo con cara de cuánto trabajo hay pero no
importa. Elena ya no lo soportó más y vertió su vaso de café sobre una prenda
justo cuando el jefe de planta pasaba a su lado. –Señorita, está despedida. –
Al fondo, él le mostró dos sonrisas, la de
qué malo es nuestro jefe y la de me solidarizo contigo. Ella recordó por qué
no sonreía.
viernes, 16 de enero de 2015
La casta
Se repetía una y otra vez que era bueno en lo
que hacía. Su falta de seguridad le impedía ver todo lo que había desarrollado
sin apenas darse cuenta de cuánto valía. Era su primer trabajo, pero no quería
que nadie lo supiera. Admiraba a todo el que llevaba tantos años en la fábrica.
Lo había estudiado teóricamente, las diferentes formas, los diferentes tamaños,
colores, condiciones. Sin embargo, tenía miedo a fallar. Cuando aparecieron los
veteranos, les dedicó una mirada de soterrada admiración. Allí estaban ellos,
los especialistas. Llevaban pulcros uniformes azules y marchaban marcialmente a
sus puestos.
Con el sonido de la primera sirena la
maquinaria comenzó su labor. Grandes tiras del dulce elemento se desplegaron
por las cintas transportadoras. Desde arriba, las cizallas cortaban pequeños
rectángulos cuyas condiciones y medidas habían sido milimétricamente
estudiadas. Ahora les tocaba a ellos. Comenzaron su trabajo y los papeles
multicolores parecían adquirir vida propia entre sus manos. De manera mágica
fueron llenando las cajas de caramelos. La casta había cumplido con su labor.
domingo, 11 de enero de 2015
La casa
Sobre el
mantel de cuadros miraba los pequeños vasos con “limoncello”. La estancia me
recordaba al laboratorio de una “mamma” italiana en la que los pucheros olían a
orégano y albahaca. El cabeza de familia se volvió hacia nosotros y con sus enormes ojos nos relató las andanzas americanas de un pariente
cualquiera. Todos nos reímos e interiormente recordamos a nuestro particular aventurero familiar. Tenía
una capacidad sorprendente para articular cada palabra y hacer que cada uno de
nosotros contuviéramos la respiración en espera de la siguiente, pues detrás de
cada una de ellas podría aparecer una sorpresa. No necesitaba acompañarse de
ningún gesto, solo la expresividad de aquellos ojos nos guiaba en la historia.
Sin saber por qué ni de qué manera, la conversación transcendió más allá.
Antonio comenzó a contarnos la historia de
aquella casa y de cómo se hizo con ella. -En esta casa, se respira paz, ¿saben
por qué?- respiró profundamente antes de comenzar el nuevo relato.
Allá por el año 1763, estas paredes hoy
viejas parecían lozanas y recién enjalbegadas. En esa época, me contaron que
vivía en ella un alguacil y su familia. Al parecer la hija de este, una
muchacha de apenas trece años, estaba endemoniada y el capellán del convento que estaba al otro lado de la calle fue el encargado del exorcismo… Cuando compré la
casa muchos me advirtieron de que estaba endemoniada, pero no creo en esas
pamplinas. De hecho, todas estas historias lo único que consiguieron fue
aumentar mi interés en ella. Decidí investigar y encontré lo que buscaba.
Todos permanecimos callados, pese a que hasta
hacía unos pocos momentos no habíamos parado de reír y hablar durante todo el
almuerzo. Volvió a tomar un sorbo del licor, lo paladeó mientras cerraba los
ojos y lo calentó en su boca hasta que
decidió continuar con la historia.
Fui al registro de la propiedad y allí
constaba que su propietario era realmente quien la había puesto a la venta, un
militar al que le interesaba venderla pues lo iban a destinar a la península.
Quise ir más allá, pues no le iba a preguntar directamente acerca de lo que me
contaron, y continué con mis averiguaciones. Sabía que en el Archivo Insular se
guardan los contratos de compra-venta desde los tiempos de la Conquista y
después de varios días de quemarme las pestañas y tirando del hilo, descubrí
quién fue su propietario en el siglo XVIII.
A través del postiguito de la cocina ya no se
veía claridad alguna, la sobremesa se había prolongado de tal manera que había
anochecido. Pudimos ver los flashes de los turistas de un crucero que partía
del puerto. Y esto hizo que por un momento la conversación derivará por otros
derroteros, pese a que en el fondo, todos queríamos que nos descubriera de una
vez quién era el verdadero propietario de la casa en la que tan a gusto nos
encontrábamos. Los ojos de nuestro anfitrión volvieron a señalarnos que estaba
listo para continuar, miró al techo de tea con concentración y siguió.
Después de comprobar que había sido propiedad
de toda una serie de gentes, no demasiadas pese a haber transcurrido más de dos
siglos, llegué a la clave del bienestar de esta casa. Su dueño había sido el
capellán del Convento de Santa Catalina de Siena que estaba a unos pasos de aquí.
Su nombre era José de Palanzuela.
Nos miramos los unos a los otros, sin lograr
comprender nada ¿Qué tiene qué ver eso con lo a gusto que se está en ella?
Entonces, lo del exorcismo ¿Es verdad? Nuestro anfitrión parecía realmente
divertido, sus ojos ahora chispeaban placenteros. Sabía que estábamos sintiendo
el mismo desconcierto que él mismo había sentido en su momento. Sonrió. Y
cuando dejamos de hablar, continuó.
Aquello hizo que supiera que lo del exorcismo
no podía ser cierto, pues entonces el alguacil no era su propietario. Pero ya
que había dedicado tanto tiempo a esto no podía quedarme solo con un nombre y
busqué toda la información que pude sobre nuestro hombre. Encontré que era
habitual que los capellanes vivieran cerca de los conventos aunque no dentro de
estos. Hemos de pensar que no estaba muy bien visto que un hombre viviera en un
convento de religiosas. Y di también con la clave de toda nuestra historia.
Esta casa no solo no está maldita, sino todo lo contrario está bendecida y más
que bendecida, exorcizada. Cuando un sacerdote compraba una casa procedía a
exorcizarla con el ánimo de que el mal no pudiera introducirse en sus paredes.
Y lo hacía de un modo riguroso, recorriendo cada habitación y recoveco de la
vivienda. ¿Entienden ahora por qué se respira tanta paz en ella? Sus ojos se
cerraron y abrieron lentamente en un pestañeo ralentizado.
Cuando nos despedimos de él, no pude sino
mirar hacia atrás y comprobar su dirección: Palanzuela, 5. Seguí a pie hacia mi
casa. Mi visión de las diferentes viviendas antiguas que me iba encontrando había cambiado ¿qué historia guardaría cada una de ellas?
martes, 9 de diciembre de 2014
Serendipia
Serendipia,
eres senda de casualidades y azares.
Serena suenas a cascabel,
a uno que lleva un gato blanco
con una mancha en el ojo.
Te miro y digo
¡Ave, chiripa feliz!
viernes, 28 de noviembre de 2014
Apariencias
Mientras leía y releía la misma línea sin
llegar al verdadero contenido de las letras que desfilaban ante sus ojos,
pensaba en la mejor pose para hacer creíble su papel. Era nuevo y quería dar
una buena impresión, ¿y por qué no habría de lograrlo? Cuando cogió el avión
después de recibir aquella llamada de teléfono, tenía el estómago algo revuelto
y no entendía por qué. Nunca había tenido miedo a volar. Él era un hombre
seguro de sí mismo, con una gran capacidad para congeniar con cualquier persona.
¿Qué problema podría tener? Después de todo, aquella era la oportunidad que
llevaba tiempo esperando, quería cambiar de aires, conocer gente nueva y salir
de su rutina.
Volvió de nuevo al principio del párrafo, pero no podía concentrarse…
Nadie, absolutamente nadie, debía notarlo. Sintió que alguien lo observaba
desde el ángulo opuesto de la habitación, pero decidió mantener la calma.
“Profesor Martínez, ¿puedo hablar con usted?” Giró su cabeza y mostró una
amplia sonrisa. “Por supuesto”. Dejó a un lado el libro y se levantó. Ella señalaba en los apuntes sus
dudas, él seguía el dedo juvenil como si buscara en un mapa el tesoro.
Después de varios segundos sintió pánico, balbuceó unas palabras
ininteligibles. Ella lo miraba sorprendida, él sudaba. “Profesor, ¿se encuentra
bien?”. Su boca estaba seca. “No te preocupes, ¿puede esperar tu duda hasta
mañana?” “Sí, claro”.
De nuevo leyó y releyó la misma línea, las
letras le eran oscuras, extrañas. Y descubrió que era cierto. Había olvidado
cómo interpretarlas.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Palabra
Palabra, hermosa palabra.
Suenas a enredo, a magia
a piedra filosofal
a incógnita y misterio.
A artilugio, alquimia y milagro.
Deberías ser esdrújula, palabra.
Suenas a jeroglífico y a malabarismo.
Bruja seductora, diábolo sonoro.
Escalo tu sonido y me deslizo,
ligera y audaz.
Me subo a tu extremo y henchida,
exploto.
Me rompo en pedazos
y me entrego.
sábado, 8 de noviembre de 2014
La soledad
El nombre de Montparnasse proviene de "mont Parnasse", monte Parnaso en francés (en la mitología griega, hogar de las nueve diosas griegas, las musas, de las artes y las ciencias), nombre dado al escarpado barrio en el siglo XVII por los estudiantes que acudían al mismo a recitar poesía.
Aquella
mañana era como otra cualquiera, salí de casa con energía, yo diría que hasta
excesiva. No sé por qué, pero tras una racha en la que estuve bastante
irascible, ahora me siento bien. Dicen que después de la tempestad, viene la
calma. Pero no sé qué pensar…Es cierto que las vacaciones me vinieron muy bien.
Esos quince días pude hacer lo que quise, por fin pude asistir aquel concierto
con el que había soñado desde niño. Además, Mari estuvo más relajada que de
costumbre y pudimos dedicarnos al “dolce far niente”. Ella es más estresada que
yo. A veces, pienso que si no fuera por ella todavía estaría pasando el rato
como cuando tenía diecisiete años. En aquella época solo tenía dos obsesiones,
el fútbol y María del Mar… ¡Ay, Mar todavía recuerdo tu pelo con aromas de Heno
de Pravia! Lo cierto es que llegué al trabajo con ánimos, deseaba contarles a
todos mis noches de vino y rosas… Allí solo había un gran grupo que discutían
acerca de si el jefe sería cesado o no. Nadie me miró, a nadie pude mostrar mi
cara bronceada, con nadie pude discutir acerca de si el trayecto a Montparnasse era el ideal…Y me hundí, esperando a que algún
flotador me salvara.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Élite o Elite
La palabra significa elegir, seleccionar. La aparición del término élite en el francés está íntimamente relacionado con los ideales republicanos, en tanto el concepto simboliza la demanda de que quienes ejercen el poder deben ser escogidos “por sus virtudes y sus méritos” y no por su origen familiar.
Por fin, he alcanzado mi meta he logrado pertenecer a “la elite”, hubiera preferido el término “de pata negra”, quizás por aquello del buen paladar y su maridaje con el buen vino. Pero, no. Ese fue el término elegido por mi compañero de oficina, un muchacho locuaz y simpático que con aparente energía, parlotea sin descanso después de fichar cada mañana.
Acababa de volver del cuartito donde había acudido a solucionar uno de mis habituales problemas con la maldita fotocopiadora, ella y yo no nos llevamos demasiado bien. Ya saben, mantengo una relación amor-odio con la maquinita y así, y sin venir a cuento, me lo espeta: “¿Qué piensan las élites de todo esto?”. Con cara perpleja y mirando hacia detrás pregunté: “¿Es a mí?” Me hubiera gustado en ese momento tener un buen espejo para ver la cara de pasmo que debí poner. Pasaron décimas de segundo y logré comprender… Fui consciente de mi propia mirada y me arrepentí como en muchas otras ocasiones de ser incapaz de disimular mis emociones. ¡Lo que me faltaba antes el aparatejo y ahora el imberbe! Y contesté: “¿Cumplir años hace que pertenezca a la elite de la oficina?”. Una sonrisa bobalicona, fue su respuesta. Por mi cabeza pasaron varias ideas de modo fugaz: mi antiarrugas no funciona, ¿tengo aspecto de abuelita?... ¡No…! Por fin algo me había alegrado el día, has llegado a la ansiada meta, formas parte de los escogidos que ejercen el poder por sus virtudes y sus méritos.
Miré los papeles que llevaba en la mano y ¡maldita sea!, esa vieja cacharra había vuelto a jugármela.
martes, 21 de octubre de 2014
Ahogo
Observaba todo desde el exterior, tenía la
sensación de ir fotograma a fotograma captando cada movimiento de las personas
que lo rodeaban. En un momento dado, hasta su mano se le hizo ajena. La taza
iba y volvía desde la mesa a la boca de aquel autómata desconocido en que se
había convertido, sorbía el café sin ser consciente incluso de su sabor. A su
lado, las caras iban desfilando una tras otra mostrando sonrisas de todo tipo
desde las más inexpresivas que se le asemejaban a muecas ridículas hasta las
más hipócritas, escaparates de antiguas ortodoncias.
Tuvo
una sensación de ahogo interior y el impulso súbito de desaparecer, se
levantó y no miró hacia los lados, simplemente lo hizo y respiró.
jueves, 9 de octubre de 2014
Lunática
Levantarse
con el pie izquierdo, ¡cuántas veces habremos oído esta expresión! Hasta los
que no somos supersticiosos a veces nos lo planteamos. Hoy no me pongo esta
pulsera, recuerdo que la última vez que la llevé fue cuando todo me salió al revés.
Creo en la concatenación de los elementos o
mejor dicho, en el efecto mariposa. Basta con que alguien sufra dolor de cabeza
para que cuando encuentre al compañero de
trabajo en el pasillo de la oficina le regalé un "bufido”. El recibidor
del cariñoso saludo, a su vez se siente molesto y se plantea en qué momento se
interpuso en su camino. A continuación, baja los tres peldaños de siempre, los
de toda la vida y que han estado en el mismo lugar, da un traspié y se
tuerce el tobillo.
Repasamos mentalmente todo lo que hemos hecho
desde que pusimos el susodicho en el suelo al bajarnos de la cama , y buscamos el
mínimo indicio que dé respuesta a todos los inconvenientes del día. Eso nos
reconforta, al menos no he sido el culpable directo de todas las desgracias del
día.
Es
cierto que formamos parte de la naturaleza y que queramos o no, somos seres
vivos que sufrimos su influencia. El sol, la luna, las mareas determinan
nuestros estados físicos y mentales.
Confieso
ser una lunática.
martes, 26 de agosto de 2014
El rayo
La casa estaba en lo alto del principal
caserío del pueblo donde se divisaban los campos de viñas que desde
siglos allí se cultivaban. Nadie sabía quién había llevado la primera cepa,
desde siempre habían estado en ese lugar. Los primeros campesinos que llegaron
a aquellas lejanas tierras las habían traído como el mayor tesoro que
probablemente garantizaría incluso su propia supervivencia, pues a muchos les
habían contado que en las nuevas tierras la vid se hacía más vigorosa que en el
continente. También se apreciaban higueras achaparradas por la brisa permanente
y en las lejanas cumbres de verde intenso, pinos tan antiguos que ya nadie
recordaba quién los había plantado. El mar azul e interminable se presentaba a
sus pies justo más allá del principal camino por donde los lugareños hacían su
recorrido habitual. La casa parecía aislarse de todo aquello y se mostraba
altiva desde su atalaya.
Anita jugaba en el interior del patio rodeada
de las más exóticas plantas traídas de la lejana Cuba donde ella había nacido
unos pocos años antes de que su padre decidiera regresar al terruño con las
manos llenas de dinero amasado con el sudor propio y de sus paisanos. La niña
siempre se mostraba ajena en su paraíso a todo lo que le rodeaba. Creció en aquellas circunstancias y fue
convirtiéndose en una joven que tocaba el piano y componía versos furtivos.
Soñaba con escapar de aquella jaula de cristal y por un momento se sintió libre el día en que
nació el ansiado varón sobre cuyos hombros recaería la responsabilidad de velar
por mantener la hacienda e incluso se le exigiría ampliarla.
Le gustaba rodearse de aquella legión de
primas de su misma edad a través de las cuales podía tener contacto con la
realidad de aquel pueblo perdido donde la mayoría tenía que deslomarse
trabajando la tierra. Hacía tiempo que observaba a través de las celosías de su
ventana aquel mundo que le era extraño y se preguntaba por qué le estaba
prohibido relacionarse con todo aquel que no fuera de su sangre.
Eran habituales las reuniones familiares en
torno a cualquier acontecimiento, un cumpleaños, un bautizo…Y todas las bodas
se celebraran allí con el beneplácito de su dueño, tal vez en el afán de hacer
penitencia por sus antiguos pecados. Era el momento de admirar las bellezas que
a los ojos de los jornaleros se engrandecían llegando a compararlas con lo más "chic" de la vieja Europa. Los frescos de sus paredes, las bañeras de mármol, el
minarete del jardín, el teléfono y todas las últimas novedades y adelantos se
podían encontrar en aquella casa tan alejada de la metrópoli.
Una tarde plácida de finales de septiembre
cuando la melancolía se va abriendo paso sobre la alegría del verano, las nubes
se deslizan rápidamente y los tornasoles se van transformando en grises
presagios. Un sonido enorme estremece la casa y un hilo de fuego recorre todas
las habitaciones hasta llegar al grifo de la cocina donde en ese mismo instante
Anita se dispone a tomar un vaso de agua…
Las mil y una maravillas fueron traspasándose
de generación en generación a través de los recuerdos de los familiares más
humildes que no sin cierta veneración trasmitían sus beldades y engrandecían su
leyenda, recordando desde la mirada juvenil aquellas reuniones a las que
acudían teniendo que compartir un vestido y calzado adecuado por turnos para
poder compartir tanta hermosura.
Los
ojos ancianos me trasmitieron la admiración no sin cierta tristeza por la
desaparición de aquel lugar. También me contaron como algún vecino creía ver la
figura de una joven en sus ventanas muchos años después cada noviembre.
Cuentan que se oía el sonido leve de un piano en las tardes sonrosadas que
presagian lluvia.
La casa fue derruida con el afán de hacer
desaparecer todo rastro incluso en la memoria de aquellos que fueron sus dueños
y moradores. Con lo que nunca contaron fue con los recuerdos y la trasmisión
oral que es lo único que hace que algo trascienda y no muera.
martes, 1 de julio de 2014
El callejón de Cuba
La cuesta se empina, se alarga y
llena de piedras a un mismo tiempo. La maleza casi cierra la vereda. El calor
es bochornoso pero los pies suben ligeros y felices. Es la aventura del día y
en la cima está el premio. Los vencejos rozan mi cabeza osados y a mis pies, el
mar. El mar que es camino hacia el mundo con estelas plateadas que lo surcan.
Aparecen las bandadas de toninas
juguetonas, piratas atlánticas retadoras que con contagiosa alegría saltan y
muestran la espumosa y brillante huella de su recorrido.
Caminos que llevan a la
América caribeña, a la
otra isla añorada al mismo tiempo lejana y presente.
Las abejas zumbonas liban ebrias el néctar de la zarza multicolor que bordea
el sendero. El olor siempre me produce el mismo dolor de cabeza, es penetrante
y empalagoso, aligero el andar y casi sin respirar eludo la belleza de esa
planta para mí maldita.
Allí está la casa grande. La miro, parece un castillo de almenas rojas y
blancas. La verja es seductora e intrigante, la empujo, chirría y al fondo
encuentro un canapé incrustado en la pared con una inscripción hecha con mano
temblorosa que dice:
“Aquí estuvo quien te está
recordando y narrando en este instante…”
miércoles, 28 de mayo de 2014
Guasibrusi
Guasibrusi había tomado la cuesta Mataviejas para llegar a tiempo a la
calle principal. Sus pies descalzos se frenaban hábilmente por el adoquinado, a pesar
de las hierbecillas que crecían entre las piedras. El invierno había sido
lluvioso y la exuberancia era notoria. Pensaba mentalmente en su encargo, higos
pasados a los que su amo tenía en mucha
estima. Estaba acostumbrado a la curiosidad de los ojos infantiles. En otro
tiempo nadie lo miraba, formaba parte del paisaje local, solo a los niños se
les escapaba esa familiaridad. Era el último de su estirpe y sin duda, esta se
extinguiría una vez fuera a acompañar a su madre en el descanso eterno.
La campana de la torre de la iglesia repiqueteaba dando muestras de día
de precepto. Don José de Guisla no perdonaba ni los días señalados. Sus
costumbres eran sagradas y si en el desayuno no degustaba sus frutos secos
preferidos montaba en cólera y esta
llegaba muy lejos. Había contribuido en gran manera a la grandeza local, como
por ejemplo a mantener el sanatorio de caridad principalmente dedicado a
mujeres que por diferentes designios del Altísimo se encontraban desamparadas.
Muchas de ellas habían perdido el juicio por diferentes razones, pero sobre
todo por tener que haber abandonado a sus hijos recién nacidos en el torno del
vecino convento de La Misericordia.
Al esclavo en alguna ocasión se
le había pasado por la imaginación acabar con aquella vida, aunque este oscuro
pensamiento desaparecía rápidamente de su cabeza pues era de naturaleza noble y
dócil.
Se encontró con más transeúntes
de los habituales, aceleró el paso pues ya eran cerca de las siete y el amo
solía desayunar temprano. Los gallos se oían desde los huertos de las casas
solariegas que formaban la columna vertebral de aquella calle. Los campesinos
que solían montar sus puestos, hacía tiempo que lo habían hecho - ¡Manzanas de
Garafía! ¡Miel de abeja recién bajada de la cumbre! - La cantinela se oía a lo largo
de toda la vía. Guasibrusi se movía
nervioso de un lado a otro, observando los diferentes tinglados, pero ni rastro
del preciado manjar. Dio mil vueltas, escudriñó cada uno de los ventorrillos
pero no vio nada. - ¿Qué le diría al señor de Guisla? - Volvió sobre sus pasos
mientras iba ideando cómo librarse del castigo seguro que le esperaba. Abrió el
portón lentamente, casi sin respirar. Al llegar a la cocina, Encarnación la
cocinera miró sus manos vacías y le inquirió: - ¿Dónde están los higos pasados
del señor? - Apenas balbuceó unas palabras entrecortadas: - No, es tiempo. El
mar no dejó arribar…
El sonido del látigo siempre encoge el
corazón de aquellos que lo han oído golpear la carne humana, también lo hace el
silencio que recorre todas las estancias de la casa.
En los tejados de Santa Águeda se reciben
los débiles rayos del atardecer, los
últimos alientos del astro rey. El viento del norte esta tarde está soplando
fuerte y las tejas se desplazan y ruedan. Da la sensación de que ratas y
perenquenes se mueven entre ellas. Se dice que el esclavo Guasibrusi anda
escapado y que ha asesinado a su amo con
un fragmento de cuchillo oxidado…
El cercano Jardín de las Monjas es umbrío, oscuro, casi selvático. La
hiedra se ha apoderado de sus paredes altas de piedra y los diferentes árboles
traídos de las Américas hace muchos años que
imponen su ley en este lugar. El chorrito de la fuente sirve de aguadero
para los vecinos. En sus inmediaciones,
un grupo de internas lava su ropa en las piletas del patio, charlan y canturrean animadas. Se pasan la botella, la
agitan, la acarician, la admiran, la enjuagan…Inesperadamente, una de ellas se rocía el pelo con el líquido que destila.
Sus saltos en una danza de alma poseída, la llevan a huir desesperada. La loca se había lavado el pelo con algo de petróleo
que las monjas utilizaban como quitamanchas.
Catalina pasa de una azotea a otra, las tejas crujen bajo sus pies, da
un salto, se revuelca por la tierra,
patalea y se desliza hasta las matas que orillean el jardín, tropieza con algo
que se le asemeja a un tronco recio. Unas manos vigorosas le tapan la boca, sus
ojos espantados, luchan por no escapar de sus órbitas. Las miradas se cruzan
furtivas.
A lo lejos se oyen voces y
algunos farolillos se mueven serpenteantes por los alrededores, lo hacen de
forma rápida. El señor de Guisla ha movilizado a todos sus sirvientes, buscan
por todos los lugares cercanos, recorren los huertos, saltan las tapias,
golpean las puertas de las casas colindantes y preguntan a los vecinos si
alguien sabe algo sobre el esclavo fugitivo. Al mismo tiempo, en el Convento de
Santa Águeda durante el recuento anterior a la cena, ya se ha echado en falta a
Catalina. Sus compañeras cuentan a las monjas que el diablo se la ha llevado… -
A Catalina se la llevó el maligno, tiró de ella y se la tragó la espesura. -
Instintivamente se dan la mano y sigilosos se deslizan en la oscuridad.
Las almas perdidas se unen en la adversidad. Decididos se dirigen a la calle de
La Marina donde la ciudad se hace marinera y artesana. El mar rompe en la
orilla arrastrando los cayados y rugiendo con intensidad. Hoy hay suerte, la
luna nueva los protege y el sonido de la mar asorda el ruido de sus pasos sobre
la playa. Las barquillas de los pescadores descansan en el varadero que hace a
la vez de astillero, la estructura de madera es un buen escon dite. Catalina y
Guasibrusi respiran agitados, no han dicho una palabra desde que sus miradas se
cruzaron en el Jardín de las Monjas.
A unos pocos metros de la costa, el candil de una nave pone de
manifiesto su presencia. Son frecuentes los navíos por aquellas aguas, muchos
se acercan a la isla para aprovisionarse de víveres y trasladar pasajeros que
regresan desde Amberes antes de emprender la aventura de las Indias.
Las olas llegan a la orilla, golpean las piedrecillas, juegan con ellas,
las arrastran. Piensan en cómo acercarse
al navío que está tan cerca y a la vez, tan lejos. Casi pueden tocar la
libertad con las manos. Ninguno de ellos sabe nadar. Quedan pocas horas para el
amanecer, no podrán encontrar otra oportunidad mejor. Angustiados por su
destino miran a su alrededor buscando
algo a lo que aferrarse, algo que los lleve a la luz salvadora. La luz es
intermitente, las olas hacen que aparezca y desaparezca por momentos, oscila
como diciendo para ti sí habrá libertad, para ti no la habrá… Una pequeña
chalana se encuentra a unos pasos de ellos. Sin mediar palabra, corren hacia
ella, la arrastran con dificultad. El casco cruje y por un momento tienen la
impresión de que su fragilidad está a punto de llevarlos al desastre. Logran
llegar al agua, la empujan y se suben a ella. La oscuridad sigue
protegiéndolos. Utilizando las palmas de sus manos como remos, gracias a la
calma chicha y a la farola del navío pueden tocar el casco. Saben que a los
polizones no se les da ninguna oportunidad, pero el esclavo no tiene nada que
perder… Una muerte en tierra o en el mar. Trepan por las jarcias con dificultad.
El horizonte empieza a enrojecer, se esconden entre los toneles y sacos de
provisiones justo cuando los marineros están levando el ancla.
El perfil de la isla se muestra todavía
oscuro, aunque con tornasoles verdes y de un naranja intenso, se hace más y más
pequeño. Las olas baten en el casco.
domingo, 30 de marzo de 2014
Erbania
Al bajarse del avión, se había llevado la
primera desilusión. La promesa de unas vacaciones soleadas se disipó al notar
el viento frío y el cielo encapotado. Llevaba semanas planificándolo todo,
había estudiado minuciosamente el mapa de la isla, el tipo de terreno, la
vegetación existente, los sitios a los que acudir. Solo disponía de cuatro días
en esa vida frenética que llevaba y que lo hacían desplazarse a lo largo del
globo varias veces a la semana. Sin embargo, era de naturaleza optimista y una
de sus principales virtudes era su capacidad de adaptación a las circunstancias
más inverosímiles: compartir carne de cocodrilo con los caucheros brasileños,
degustar escarabajo volador con las tribus ugandesas,…-Tendré que reorganizar
mi plan-, se dijo.
Una
vez en el hotel, uno de tantos de una impersonal zona turística, desplegó su
material, estudió los utensilios de los que disponía y la estrategia a
seguir…La montaña mágica estaba a pocos
kilómetros de allí, de ella se había hablado mucho en los últimos años. La
noticia de su posible acondicionamiento para construir en sus faldas un
balneario había desatado la polémica entre detractores y defensores del
proyecto. Afortunadamente, hacía tiempo que no se hablaba del tema. -He llegado
todavía a tiempo-, pensaba mientras ordenaba meticulosamente toda una serie de
botes de diferentes tamaños y formas.
Primero estudiaría el terreno a la luz del día, más tarde cuando el sol
hubiera caído y la oscuridad fuera total llevaría a cabo su plan.
Aquella misma tarde alquiló un todo terreno que le llevaría al lugar
exacto.
La carretera se perdía en el horizonte dando
la imagen de una serpiente negra e interminable. Al llegar al emplazamiento buscado,
escudriñó los alrededores. Era necesario que, nadie supiera de su estancia
allí.
Un
ruido de motor se iba acercando cada vez más, el destartalado vehículo deja una
nube de polvo tras de sí.
-¿Anda perdido? Le dice un tipo mal encarado
que mordisquea un habano
- No, muchas gracias. ¿Cree usted que
lloverá?
El hombre con una mirada irónica –Eso
quisiéramos, pero esa breva no caerá hoy. ¡Cuídese, cristiano!
Contrariado, coge la mochila y emprende la
escalada. No quería que hubiera testigos de su visita.
La
tarde está declinando, los grises y ocres marcan el paisaje, las piedras crujen
bajo sus pies. La montaña es frágil, quebradiza. Las lascas de traquita están
por todas partes y sus paredes muestran resquebrajaduras geométricas que
parecen haber sido esculpidas por la
mano del hombre. Entre las grietas crece algo de vegetación, en su mayoría se
trata de tuneras con enormes púas. Saca el mapa, otea el horizonte y busca el
sol adormecido, casi inexistente ya. Hacia el oeste, esa era la dirección
correcta, se dice. Apenas puede ya ver
por dónde camina sin la necesidad de luz. Rebusca en la mochila y saca uno de
tantos frontales que hacían de ojo artificial en muchas de sus andanzas. Con la
imagen de un Polifemo del siglo XXI, varea todo escaso arbusto que encuentra.
Los insectos caen atropelladamente en la trampa. El paraguas japonés: ¡Gran
invento! Se convierte en el preámbulo de una muerte segura. No está claro si la
recolección es exitosa, ya se verá mañana con la luz del día.
El aire pese a estar en una región subtropical,
es realmente gélido. Siente manar la nariz, tirita. Decide regresar de nuevo a
la carretera. Las piedras se hacen notar debajo de sus botas, crujen, gritan
lastimosamente. - ¡Maldito frío! No aguanto más aquí. Espero que haya caído –
murmura consigo mismo castañeteándole los dientes fuera de control.
La luz de su frontal parece irse debilitando,
apenas alcanza un metro cuando en condiciones normales puede abarcar hasta los
diez. Algo le roza la cara.- ¡Malditas tuneras!- Se toca la mejilla y sus dedos
se manchan de algo de sangre. Aligera los pasos, los fragmentos de la roca van
convirtiéndose en piedrecillas. A medida que avanza sobre el terreno, la
montaña parece ir deshaciéndose a sus pies. El aire frío se ha transformado en
viento. Deben de quedar unos doscientos metros para llegar a la carretera,
mientras anda entretenido en estos cálculos, algo parece estar cerca.- ¿Cabras?
Es extraño que todavía los pastores no las hayan llevado al redil. Es posible
también que sea algún animal asilvestrado por las circunstancias. ¡Cómo empuja
este viento!- Unos ojos lo observan,
tienen una mirada de desdén, de reproche al intruso que mancilla un lugar
sagrado. Camina con parsimonia, con arrogancia, como aquél que tiene la
seguridad de controlar todo el universo… Unos símbolos podomorfos le llaman la
atención, son de distinto tamaño, instintivamente los rastrea, lo llevan hacia
poniente. Un resbalón y… Los botes se desparraman por una abertura que ha
descuidado en la mochila. El tesoro entomológico se pierde y camufla en la
tierra, entre las pequeñas grietas de la montaña madre. La oscuridad no da
ocasión a recuperarlo.- ¡Me cago en…! La decepción, el enfado no le han permitido darse cuenta del propio dolor. El
tobillo se empieza a hinchar- ¡Aghh! Lo aprieta con la mano con la esperanza de
calmar el dolor que siente. Sin saber cómo ya ha llegado al asfalto, al
deslizarse ha caído justo al lado del coche. No sabe si lo que le duele más es
la extremidad o el haber perdido con seguridad, un descubrimiento importante.
Su instinto le decía que la especie era buena, sin duda. Y era su última oportunidad. Al día siguiente
comenzaba el cierre definitivo del acceso, tras numerosos debates se había
considerado la necesidad de que la montaña no fuera visitada por nadie, quedaría
prohibido la escalada o cualquier actividad en sus laderas. Diversos estudios
habían llevado a la conclusión de que el constante trasiego de caminantes y las
características de su composición geológica hacían correr el peligro de que se
deshiciera en arenisca. Además, existían en ella algunos yacimientos aborígenes
que debían de ser preservados. Cojeando, abrió el coche y se sentó. Respiró
tranquilo ¿Qué demonios le había ocurrido? ¿En qué momento perdió de vista las
huellas horadadas en la roca?
Desde arriba y pese a la negrura que lo
invadía todo, no se había perdido el mínimo detalle de lo ocurrido. El lugar
donde se une la tierra y el firmamento por fin estaba seguro. El “Axis Mundi”
seguiría en el mismo lugar donde desde
hace milenios estuvo. Madre Tierra había velado por sus hijos y los había
recuperado.
miércoles, 12 de marzo de 2014
La luz del cincel sobre la piedra II
Después del esfuerzo mental y
físico, limpiaba el sudor que brillaba sobre su torso. Las manos ásperas y
resecas palpaban el rostro con delicadeza. Su aspereza contrastaba con la
suavidad de las facciones femeninas. La piedra se mostraba fría, sin obstáculos
ni estorbos, sin rugosidades que le impidieran notar una textura límpida.
En la esquina opuesta unos ojos aterrados y
escrutadores lo observan mientras piden a gritos que cese la tortura. Ahora, la
mujer ha perdido su cabello, su vista, su nariz… ¿Qué será lo próximo? Se
pregunta temblando. El ladrón de belleza se acerca de nuevo hacia ella, palpa
su pecho, lo estudia, lo memoriza… Ella siente que le arrebata su turbidez, su
suavidad…
De nuevo, un toque, dos, tres,…Una muesca,
dos, tres,…
En la habitación solo se escuchan los pasos ágiles, casi frenéticos de
un lado hacia otro. Se convierte en una danza convulsa, casi diabólica. Las
pupilas del hacedor centellean implacables, estudian el talle, lo moldean, lo
redondean…La aspereza se encuentra de nuevo con la suavidad de las formas. El placer es intenso…
En la esquina del terror, el corazón ya casi no palpita. Milo regresa de
nuevo. Tantea, escruta, aspira el alma, se impregna de ella. La admira, la
valora, la hace suya… Ella pierde su belleza y su luz… Aquella que el cincel
sobre la piedra le arrebata para que nazca Venus.
miércoles, 5 de febrero de 2014
La luz del cincel sobre la piedra
El aire de la habitación era
denso, plomizo, casi irrespirable… El calor era asfixiante a pesar de ser ya
las once de la noche. Una bombilla llena de telarañas colgaba del techo. Estaba
encendida, aunque la luz que desprendía se veía mitigada por aquella maraña que
la envolvía. Parecía que nadie se hubiera percatado de su existencia. Sin
embargo, aquélla era indispensable para el hombre que trabajaba justo debajo de
su radio de acción.
El hombre manifestaba un interés fuera de
lo común en lo que hacía. Sus ojos formaban casi una línea recta cuando su
concentración era máxima, el entrecejo se arrugaba y las dos cejas se
transformaban en una. Al tiempo, mordisqueaba sus labios finos de forma
nerviosa. Las gotas de sudor rodaban por sus sienes hasta morir en la negrura
de aquella barba rizada igual que su cabello.
La mujer lo mira hierática. A él la
inexpresión de su mirada le preocupa. Por otro lado, admira los rizos en cascada
de su melena.
Los astros le eran favorables, la luna
formaba un ángulo perfecto con la constelación de Sagitario, nada podía fallar…
El cincel se movía, destellaba con la
rapidez de un rayo. Un toque, dos, tres…Una muesca, dos, tres...
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